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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Adentro de una ballena y del duelo propio: la apuesta extrema de Whalefall

Brian Duffield filma a Austin Abrams en el estómago de un cetáceo y, de paso, en el de un vínculo paterno que nunca terminó de cerrarse. Crónica desde una sala donde la inmersión visual convive con un drama familiar que divide aguas.

Por Marisol AndradaCultura y espectáculos · · hace 2 d
Adentro de una ballena y del duelo propio: la apuesta extrema de Whalefall

Me acomodé en la butaca con la expectativa de un thriller de supervivencia puro y terminé saliendo con la sensación de haber visto una terapia familiar comprimida en noventa minutos. Whalefall, la nueva película de Brian Duffield, arranca donde muy pocos films se animan a empezar: en el estómago de una ballena. Pero el verdadero viaje que propone no es hacia afuera del animal, sino hacia adentro de la relación rota entre un hijo y su padre muerto.

Austin Abrams, a quien muchos recuerdan por su paso por Resident Evil, carga con casi todo el peso de la narración. Su personaje queda atrapado en el interior de un cetáceo gigante y, mientras busca desesperadamente una salida, mantiene conversaciones con la figura paterna que ya no está. La trampa funciona como metáfora y a la vez como recurso de tensión: el protagonista no solo pelea contra el ácido, la falta de oxígeno y el tiempo que se acorta, sino también contra todo lo que nunca le dijo a su viejo.

Un decorado interno que se siente y se respira

Lo que más me llamó la atención fue el trabajo de diseño del interior del animal. Duffield y su equipo construyeron un espacio orgánico, húmedo, opresivo, con texturas que parecen moverse y una paleta de tonos rojizos y verdosos que transmite la ansiedad de estar al borde de la muerte. Hay planos donde uno casi siente la falta de aire en el pecho. Esa apuesta visual es, a mi entender, lo mejor que ofrece el filme: pocas veces el cine logra meternos de verdad en un estómago sin recurrir al asco fácil y acá lo consigue apelando más a la opresión que al golpe gore.

Drama filial en lugar de puro vértigo

  • El motor central no es la acción sino el diálogo inconcluso entre el protagonista y su padre fallecido, reconstruido a través de flashbacks.
  • La película indaga en el amor que no se expresa, las despedidas que se postergan y los vínculos que se quiebran sin llegar a cerrarse del todo.
  • El tono se parece más a Ad Astra que a un clásico de náufragos: quien conecte con esa sensibilidad la va a disfrutar; quien busque adrenalina pura puede sentirse lejos.
  • El tramo final se apoya en efectos visuales generados por computadora para buscar una conclusión de mayor escala, aunque el camino incluye secuencias de escape que se reiteran dentro de un margen de maniobra acotado por el espacio.

En la sala se notaron las dos reacciones que promete el material: gente que salió sacudida por lo emocional y gente que esperó un poco más de tensión clásica. A mi lado, una pareja se abrazó en silencio cuando se encendieron las luces; unas filas más atrás, alguien comentó que le había faltado un punto de giro más contundente. La película asume ese riesgo y, justamente por eso, deja talking points para charlar en la calle.

Lo que no se le puede negar a Duffield es la decisión de correrse del lugar común. Empezar una historia de supervivencia en el estómago de una ballena ya es de por sí una declaración de intenciones; sumarle un duelo que se resuelve a los tropezones dentro de ese estómago es un segundo Salto de fe. Salí pensando que Whalefall no es una película para todos, pero sí es una película con una voz propia, y eso, en un género tan gastado como el de los náufragos y los atrapados, ya vale la entrada.

MA
Marisol AndradaCultura y espectáculos

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