Aftas en la boca: por qué aparecen, cuándo se van solas y en qué momento conviene ir al médico
Las úlceras bucales son tan comunes que muchos las dejan pasar, pero hay señales claras que diferencian una molestia pasajera de un problema que necesita atención. Lo que dicen los especialistas sobre sus causas, los déficit nutricionales asociados y las enfermedades que pueden estar detrás de las lesiones recurrentes.
El sol pegaba de lleno sobre la vereda de la clínica y la puerta abierta dejaba entrar una brisa tibia que apenas movía las hojas del calendario colgado en la recepción, cuando Marta Romero, de 54 años, vecina de San Fernando, se sentó frente a la ventana y me dijo con esa sinceridad sin vueltas que tienen los porteños de toda la vida: "Mirá, yo pensé que era un topiche más, una de esas llaguitas que te salen cuando comés algo muy caliente, pero esta vez se me quedó casi un mes y no había caso, hasta que mi hija me llevó al dentista y me terminó sacando sangre para ver si me faltaba vitamina". Lo que le pasaba a Marta no era raro ni mucho menos, porque las aftas, esas úlceras pequeñas, blanquecinas y rodeadas de un halo rojo que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo de la lengua, sobre las encías, en el paladar blando o en el interior de los labios, son de las lesiones más frecuentes en la boca y, en la enorme mayoría de los casos, se resuelven solas en una o dos semanas sin que haga falta hacer demasiado.
Cómo son y por qué se diferencian del herpes
Una de las confusiones más habituales que escuché en la sala de espera es la de mezclar aftas con herpes, y vale la pena aclararlo de entrada, porque no son lo mismo ni se portan igual. Las aftas o úlceras bucales se forman en la mucosa de adentro de la boca, no aparecen sobre la superficie exterior de los labios y, a diferencia del herpes simple, no se contagian. Suelen empezar con un cosquilleo o ardor y, después, queda una lesión redondeada con un centro blanquecino, gris o amarillento y un borde enrojecido, que duele al comer, al hablar y, a veces, hasta al cepillarse los dientes.
Los motivos más comunes: desde un mordisco hasta el estrés
Cuando uno repasa la consulta con el especialista empieza a entender por qué son tan comunes, porque las causas son de lo más variadas y muchas veces se juntan varias en el mismo paciente. Los traumatismos locales encabezan la lista: morderse la mejilla mientras se mastica, un cepillado muy agresivo, el roce de los aparatos de ortodoncia, una prótesis mal ajustada o una quemadura con un pedazo de pizza recién sacada del horno son disparadores clásicos. A eso se suman el estrés, el cansancio y los cambios hormonales asociados a la menstruación o al embarazo, que en las mujeres suelen ser el prólogo de un episodio nuevo.
Lo que come el cuerpo: déficit nutricionales que aparecen detrás
La alimentación tiene un peso que muchos subestiman, y acá la ciencia viene sumando pruebas en los últimos años. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen una y otra vez en los estudios sobre personas con aftas recurrentes. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que quienes sufrían estas lesiones tenían con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina, aunque los propios autores aclararon que asociación no es lo mismo que causalidad y que en algunos indicadores la evidencia todavía es limitada.
Cuando la afta es la pista de algo más grande
Hay un punto en el que la cosa deja de ser una molestia pasajera y empieza a merecer una mirada más profunda, y eso ocurre cuando las lesiones son múltiples, reaparecen seguido o vienen acompañadas de síntomas en otras partes del cuerpo. Entre las enfermedades que se asocian con aftas recurrentes están la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. Por eso, una afta que no sana en dos o tres semanas, que crece, que se reproduce o que aparece junto con fiebre, diarrea, dolor articular o lesiones en la piel es motivo suficiente como para pedir turno con un profesional y no quedarse en la casa esperando que se vaya sola.
Señales concretas para no dejarlas pasar
A modo de guía práctica, los especialistas consultados coinciden en que hay que consultar al odontólogo o al médico cuando se presenta alguna de estas situaciones:
- La llaga se mantiene más allá de las dos o tres semanas sin mostrar mejoría.
- La lesión es más grande de lo habitual, irregular o se profundiza en la mucosa.
- Aparecen varias aftas a la vez o los episodios se repiten con frecuencia, varias veces al año.
- Surgen otros síntomas asociados, como fiebre, diarrea, dolor en las articulaciones, erupciones en la piel o pérdida de peso sin causa aparente.
- Se tiene alguna enfermedad de base que afecta al sistema inmune o se está bajo tratamiento que pueda debilitarlo.
Antes de irme de la clínica, mientras me despedía en el pasillo, Marta me agarró del brazo y me dijo algo que me quedó dando vueltas: "Cuando una llaga no se quiere ir, algo te está queriendo decir el cuerpo, y uno tiene que aprender a escucharlo antes de que la cosa se complique". Esa, en el fondo, es la mejor síntesis que puedo dejar para los lectores: la afta en sí misma casi nunca es grave, pero cuando insiste demasiado se transforma en un mensaje que conviene tomar en serio.
