Anamá Ferreira volvió de África con la libreta llena y la cámara llena de jirafas, masáis y leones
La modelo y conductora atravesó Kenia y Tanzania en una semana a pura safari, y compartió cada parada con el tono de quien vuelve transformado por lo que vio.
Volvió con esa mezcla de cansancio y euforia que solo da un viaje largo, de esos en los que una termina hablando sola en el colectivo de regreso y todavía con los ojos llenos de imagen. Anamá Ferreira pisó África y no se guardó nada: lo contó, lo mostró y lo vivió con una entrega que, según me animo a leer entre líneas, ya no le cabe en el cuerpo. El recorrido, según reconstruí a partir de lo que ella misma fue publicando en sus redes, la llevó por dos países, dos parques legendarios y una comunidad que le abrió la puerta de su cultura sin pedirle más que respeto.
Nairobi, donde todo empieza con una jirafa en la mano
El itinerario arrancó en la capital keniana, y el primer destino fue el Giraffe Centre, ese rincón dedicado a proteger a la jirafa de Rothschild, una subespecie que está en peligro de extinción y que, si uno no la cuida, se va a borrar del mapa como tantas otras. Anamá no se quedó en la desde el vehículo: bajó, le dio de comer con sus propias manos y se sacó una selfie que ya es parte del álbum familiar. "Hoy viví uno de esos momentos que quedan para siempre en el corazón", escribió al compartir las fotos, y agregó, sobre estar tan cerca de los animales, darles de comer y sacarse una selfie: "fue simplemente inolvidable". A pocas horas de haber bajado del avión, ya estaba adentro de la experiencia, no en el parking esperando que alguien le abriera la tranquera.
En la misma ciudad pasó por el Museo Karen Blixen, la antigua residencia de la escritora danesa que vivió en Kenia durante años y que el cine volvió célebre gracias a la película basada en su libro. "Caminar por su casa y pensar que acá transcurrió parte de esa historia es bastante mágico", resumió la conductora, y esa frase, aparte de bonita, deja ver que el viaje no fue solo animales: también hubo tiempo para la literatura, para pararse un rato y pensar que esa habitación que se está pisando fue testigo de lo que después se convirtió en un clásico.
Masái Mara, el encuentro con el pueblo que no se vende
El punto más alto del viaje, y del que más se habla cuando alguien vuelve de esa zona, fue la visita a una comunidad masái dentro del Masái Mara. Allí Anamá se puso a la altura del recibimiento: describió la shuka, esa manta de color rojo intenso que identifica al pueblo a primera vista, y los adornos de cuentas que las mujeres y los hombres usan como marca de identidad y de estatus dentro de la comunidad. También se animó a participar de la danza adumu, esa en la que los jóvenes guerreros saltan en vertical sin mover los brazos ni los pies, y que es, para el que no lo vio nunca, un despliegue de disciplina física y de orgullo cultural que se entiende sin necesidad de traducción.
Lo que me llevo de ese tramo, leído desde acá, es que la visita no fue un show para turistas: fue un cruce real con gente que vive como hace siglos y que, sin embargo, recibe al visitante con la mejor cara y le enseña lo suyo sin cobrarle entrada. "Profundamente enriquecedora", la calificó Anamá al hablar del intercambio con familias y niños, y esa palabra, viniendo de alguien que suele moverse entre escenarios y pasarelas, no me suena a frase hecha: suena a que efectivamente aprendió algo.
Tanzania, los Cinco Grandes y la lista que cualquier safari quiere tachar
“El objetivo central era poder ver a los Cinco Grandes en libertad, y lo cumplió.”Anamá Ferreira
Cruzó a Tanzania y se metió de lleno en dos joyas del continente: el Serengueti, esa planicie infinita que es sinónimo de vida salvaje, y el cráter del Ngorongoro, una caldera volcánica convertida en ecosistema cerrado donde conviven casi todos los animales que uno imagina cuando piensa en África. La lista que persiguió es la que persiguen todos: los Cinco Grandes que mencionan los guías de la zona cuando hablan en serio, y que son el león, el leopardo, el elefante, el rinoceronte y el búfalo. Anamá los fue tachando uno por uno, con la paciencia de quien sabe que esos avistajes no se garantizan nunca, y volvió con la foto del parte médico completa. A eso le sumó atardeceres sobre los lagos y más reuniones con comunidades locales, en una última recorrida que ella misma definió como el broche de un viaje pensado para durar mucho en la memoria.
- Giraffe Centre de Nairobi, dedicado a la jirafa de Rothschild.
- Museo Karen Blixen, en la casa donde vivió la escritora danesa.
- Comunidad masái en el Masái Mara, con shuka, cuentas y danza adumu.
- Serengueti y cráter del Ngorongoro, en Tanzania, con los Cinco Grandes avistados.
¿A mí qué me queda de todo esto
Si me dejan preguntar y responderme sola, porque la pregunta del final me sirve para ordenar lo que pienso: yo elegiría Kenia, y elegiría el tramo que va del Giraffe Centre al Masái Mara, porque ahí está la combinación que a mí, como viajera y como consumidora de historias, más me mueve: el animal raro que todavía se puede salvar y la cultura viva que todavía se puede conocer en serio. Tanzania la dejaría para una segunda vuelta, cuando uno ya se banca el vértigo del primer viaje y está listo para quedarse más quieto frente a los animales. Y ahora, me apuro a cerrar porque todavía falta resolver algo que el Estado todavía no resolvió: si vamos a seguir mirando estos lugares solo por la pantalla, o si de una vez por todas vamos a empezar a cuidarlos de verdad.
