Azcuénaga, el pueblo de los diez tenedores que se reinventa sin perder su pulso centenario
A cien kilómetros de Buenos Aires, esta localidad de 350 habitantes concentra una oferta gastronómica atípica, alojamientos en edificios históricos y un circuito corto que se recorre a pie. La especialista Claudia Guitián repasa qué se puede hacer, dónde comer y cómo organizar una escapada.
Azcuénaga es un pueblo pequeño que hace ruido. Con apenas 350 habitantes y situado a unos 100 kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires —cerca de dos horas por la ruta nacional 8, con tramos donde el asfalto deja lugar a caminos rurales—, el destino fue sumando en los últimos años una oferta gastronómica y de alojamiento que no suele encontrarse en localidades de similar tamaño. La combinación de construcciones centenarias, campo abierto y propuestas de cocina diversa conforma un circuito corto que se presta tanto a una visita de día como a una escapada con pernocte.
Dónde comer: diez restaurantes y la regla de la reserva
La primera decisión operativa a la hora de organizar una visita es reservar mesa. De los diez restaurantes que funcionan en el pueblo, la mayoría abre los fines de semana, y la demanda se concentra especialmente los domingos. Entre semana, el buffet del Club Recreativo Apolo queda como alternativa gastronómica estable.
- Almacén C&T: carnes y picadas en la antigua Casa Terren, edificio abierto en 1912 y recuperado por la familia Coarasa.
- La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza.
- Lo de Grace: parrilla y pasta libre en una construcción rodeada de campo.
- Cucina de Santo: pastas y mariscos.
- Le Four: cocina francesa a cargo de Vanesa Plaza, con propuestas como cordero con ciruelas.
- La Posta y Silvestre: otras dos opciones del circuito gastronómico local.
- Buffet del Club Recreativo Apolo: a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco, con ravioles caseros y milanesas.
Dónde dormir: de la fonda centenaria a las cabañas con pileta
Para quienes prefieran quedarse a dormir, la oferta se reparte entre opciones dentro del casco del pueblo y otras algo más alejadas. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio que hasta principios de siglo XXI funcionó como fonda —la Fonda de Sforzini, de 1903, frente a la antigua estación ferroviaria—. La Magnolia ocupa una casona rural, Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta y El Nido suma una alternativa más dentro del mismo perfil. A cierta distancia se ubica Los Vagones de Areco, con una propuesta de alojamiento diferenciada. Las tarifas y horarios conviene confirmarlos directamente con cada establecimiento antes de viajar, ya que la mayoría concentra su operatoria en fines de semana y feriados.
El paseo a pie: panadería con horno a leña y capilla de 1907
El recorrido por el pueblo se hace caminando. En pocas manzanas se pasa de las construcciones antiguas al campo abierto, donde se observan liebres, vizcachas y lechuzas. Por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque el estado del firme varía según el clima: en días de lluvia puede aparecer barro y en jornadas secas el terreno se vuelve polvo. Se recomienda consultar el estado de las rutas antes de salir, especialmente si llovió en las horas previas. Dos paradas forman parte del itinerario clásico. La Moderna es una panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en un horno a leña. La capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, puede visitarse los fines de semana cuando Ramona Lescano abre sus puertas. La altura de la zona no representa un inconveniente para los visitantes —se trata de la llanura pampeana—, aunque sí conviene tener presente el estado de los caminos secundarios para no sufrir inconvenientes con el vehículo.
Para quienes estén planeando la visita, la combinación de almuerzo, caminata y alojamiento permite armar una jornada completa o una escapada de dos días sin necesidad de grandes desplazamientos. Como ocurre en los pueblos con fuerte impronta local, la información se actualiza con frecuencia en redes sociales y grupos vecinales; antes de confirmar la reserva se sugiere consultar los contactos oficiales de cada comercio y alojamiento, donde también se detallan los menús del día, los medios de pago aceptados y las modalidades de reserva. Azcuénaga, en definitiva, ofrece algo que escasea a poca distancia de la capital: la posibilidad de almorzar en una casa de 1912, dormir en una fonda de 1903 y caminar hasta el campo sin necesidad de tomar un auto.
Te puede interesar
