Bajar de peso no es solo fuerza de voluntad: por qué la cabeza también necesita tratamiento
Un repaso por lo que dice la ciencia sobre la importancia de sumar apoyo psicológico a los planes para reducir el peso corporal y sostener los cambios en el tiempo, en un país donde comer es mucho más que nutrirse.
Acá, en esta redacción donde el café se enfría antes de que uno termine de leer las primeras líneas de los cables internacionales, me topé con un dato que me parece de esos que vale la pena masticar despacio: bajar de peso no es, ni por lejos, una cuestión de comer menos y moverse más. Hay hambre, hay sueño, hay estrés, hay estado de ánimo, hay genética y hay un entorno alimentario que empuja en una u otra dirección. Cuando un tratamiento se reduce a una planilla con comidas y a la clásica recomendación de caminar, los resultados suelen ser tan efímeros como un suspiro en pleno enero.
Lo que la Organización Mundial de la Salud viene repitiendo desde hace años, y que a veces se pierde entre tanta dieta de moda, es bastante claro: la obesidad aparece como resultado de la interacción entre una cierta susceptibilidad biológica y un montón de influencias ambientales y psicosociales. Por eso el organismo recomienda un abordaje multimodal, que combine intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, siempre adaptadas al paciente que uno tiene enfrente y no al que uno imagina.
Lo que muestran los estudios
Un metaanálisis que revisó 37 trabajos, entre ellos 21 ensayos clínicos aleatorizados, encontró resultados favorables cuando se incorporan intervenciones psicológicas, frente a los abordajes mínimos o simplemente habituales. La terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia en el seguimiento posterior a los 18 meses, según el trabajo publicado en la revista Obesity Reviews. La idea central es que, si uno no aprende a manejar lo que siente, es muy difícil sostener lo que come.
El estado emocional y el nivel de cansancio pesan más de lo que uno quisiera admitir a las once de la noche, frente a la heladera abierta. Frente a un momento de salirse del plan previsto, una respuesta rígida suele dejar la sensación de haber perdido el control por completo, y a veces termina en un atracón que confirma esa misma lectura. Una respuesta más flexible, en cambio, permite reconocer el tropiezo sin convertirlo en la caída definitiva. No es magia, es una forma distinta de mirarse.
La genética también dice lo suyo
- Hay variantes genéticas que influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, o sea, en las señales que el cuerpo manda y deja de mandar.
- Otras variantes intervienen en el metabolismo, es decir, en la forma en que el organismo usa y almacena la energía que le llega.
- Estas diferencias ayudan a entender por qué dos personas con planes alimentarios parecidos pueden obtener resultados tan distintos y por qué la frustración suele aparecer antes de tiempo.
La Sociedad Europea de Cardiología, en tanto, plantea que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado, que combine alimentación, actividad física y trabajo sobre los aspectos psicológicos, siempre orientado a la persona concreta y no al promedio de la población. Para mí, que vengo de cubrir estas temas hace años, la traducción es directa: las soluciones express, las que prometen bajar diez kilos en un mes, no suelen sobrevivir al primer invierno.
