Cinco pueblos del mundo donde la vida se estira, y las claves que un cardiólogo argentino rescata para aplicarlas en casa
Fe, movimiento a diario, comida que sale de la tierra y un motivo para levantarse cada mañana: el cardiólogo Jorge Tartaglione recorrió Loma Linda, Costa Rica, Icaria, Cerdeña y Okinawa y encontró un patrón común que, según asegura, cualquiera puede empezar a copiar desde acá, en cualquier rincón de la Argentina.
Cuando uno se para en la puerta de casa y mira la vereda todavía fresca, después de una noche de esas en que el termómetro no baja ni a palos, es inevitable hacerse la pregunta que todo el mundo se hace alguna vez mientras prepara el mate: por qué hay gente en pueblos lejanos que vive tanto y tan bien, y nosotros acá, en medio del tráfago cotidiano, parecemos correr siempre detrás del reloj y, aun así, llegamos cansados a la noche. La pregunta no es nueva, pero la respuesta que puso sobre la mesa el cardiólogo Jorge Tartaglione en las últimas semanas es de esas que obligan a repensar la propia rutina desde la primera taza de café, porque dice, en criollo, que la genética manda apenas un cuarto de lo que vivimos y que el resto lo definimos nosotros, con lo que comemos, con cómo nos movemos y hasta con qué se nos pasa por la cabeza al abrir los ojos cada mañana.
Los cinco lugares y lo que cada uno enseña
Las cinco comunidades que Tartaglione repasó en su análisis no se parecen entre sí en casi nada: hay una localidad californiana con fuerte presencia de adventistas, hay una franja tropical en Costa Rica, hay una isla griega en el mar Egeo, hay una zona rural de la isla italiana de Cerdeña y hay un archipiélago japonés al sur del país. Sin embargo, cuando uno las pone una al lado de la otra en un mapa imaginario, saltan a la vista cuatro puntos en común que el cardiólogo se encarga de remarcar una y otra vez, porque entiende que son los que cualquier persona puede empezar a imitar sin mover un dedo de su casa.
- En Loma Linda, California, la comunidad es mayoritariamente religiosa y esa fe, dice Tartaglione, se traduce en hasta diez años más de expectativa de vida respecto de la media.
- En la zona de Nicoya, en Costa Rica, la gente come frutas tropicales casi a diario y lleva un ritmo que, visto desde Buenos Aires, parece de otro siglo.
- En Icaria, Grecia, la propia geografía empuja a caminar: la isla es de subidas y bajadas constantes y sus vecinos se mueven sin proponérselo.
- En Cerdeña, Italia, la mesa se arma con lo que da la tierra en cada estación, sin envasar ni procesar.
- En Okinawa, Japón, los habitantes se levantan con un propósito, aunque ese propósito sea tan chico como tomar un café con una amiga.
“Lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre. Eso es lo que tenemos que volver a comer, y dejar de una vez los ultraprocesados que nos venden por todos lados.”Jorge Tartaglione, cardiólogo
Lo que más me llamó la atención de la charla, y se lo voy a confesar tal cual al lector, es la parte del propósito diario en Okinawa. Tartaglione cuenta que hay gente de noventa años que se levanta a cantar, a bailar o a tocar un instrumento, y que ese pequeño motor, esa razón para empezar el día, parece mover más la aguja que cualquier suplemento o dieta de moda que venga en envase colorido. En el fondo, lo que el médico está diciendo es bastante sencillo y bastante revolucionario al mismo tiempo: que la longevidad no es un tesoro escondido en un laboratorio, sino una construcción de todos los días, hecha con pasos, verduras, fe y compañía.
A mí, que soy de los que todavía se cruzan con Don Ricardo en la esquina del barrio y se quedan charlando un rato de la vida, eso me suena conocido. Acá arriba, en el norte argentino, todavía sobreviven muchas de esas costumbres que el cardiólogo enumera como si fueran un hallazgo científico: la merienda compartida, la caminata hasta la plaza, la huerta propia, el rezo antes de sentarse a la mesa. Quizá no haga falta irse a una isla griega ni a un archipiélago japonés para aprender a estirar la vida; alcanza con mirar la propia vereda, abrir bien los ojos y copiar, con paciencia, lo que los abuelos vienen haciendo desde siempre.
“No tenés que hacer algo enorme. Basta con tomarte un mate con una amiga, salir a caminar o sacar el perro a la calle, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo. Esa es la diferencia.”Jorge Tartaglione, cardiólogo
