Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

"City of Blood": vampiros, hermanas separadas y un Berlín que se desangra

La nueva serie de Disney+ convierte una novela gráfica alemana en una distopía donde la sangre se comercia como mercadería y las diferencias sociales se miden por el acceso al agua, la luz y un techo bajo cúpula.

Por Norma SeguraVitivinicultura y campo · · hace 30 d
"City of Blood": vampiros, hermanas separadas y un Berlín que se desangra

El termómetro de Berlín marca extremos que ya nadie recuerda como normales. En el centro, cúpulas climatizadas resguardan a quienes pueden pagar por no sentir el calor; afuera, el polvo y la sed se reparten a partes iguales entre los que quedaron del otro lado. En ese clima, dice Bea al reencontrarse con Phoebe, "se aprende a medir el valor de las cosas por el peso que tienen en la mano, no por el precio que les ponen en la etiqueta". La frase, que la protagonista repite al cruzar la frontera entre los barrios cuidados y los abandonados, sirve como mapa de entrada a "City of Blood", la serie de ocho episodios que Disney+ acaba de sumar a su catálogo.

La producción adapta la novela gráfica de Reinhard Kleist y Tobias O. Meißner y pone el foco en dos hermanas que se conocen de adultes, después de haber crecido en mundos opuestos. Bea, la mayor, fue adoptada por una mujer con recursos y nunca le faltó nada material; Phoebe, en cambio, aprendió a zambullirse en la economía de la supervivencia berlinesa, donde conseguir un poco de agua o un par de horas de luz se vuelve una negociación diaria. La historia empieza con el reencuentro y, a partir de ahí, se abre como una herida: el de cada hermana con la propia biografía, y el de una ciudad partida en fragmentos.

Un mundo donde la sangre es moneda

En esta versión de Alemania, una pandemia diezmó a la población y el país se fragmentó en estados independientes. A eso se le suma el cambio climático, que convirtió a Berlín en un horno de polvo y de contrastes: por un lado, las cúpulas con aire acondicionado para los sectores acomodados; por el otro, barrios enteros sin servicios básicos, donde la vida se organiza alrededor del trueque y del aguante. En ese escenario aparecen los vampiros, que necesitan beber sangre para subsistir y que, además, deben esconderse del sol. Lejos de ser figuras de novela gótica, son operadores de redes delictivas que controlan buena parte del comercio ilegal y que pelean por meter sus propias reglas en la política de la nueva Alemania.

Los primeros capítulos se toman su tiempo. La narración avanza con ritmo pausado, presenta a los personajes secundarios y muestra los códigos de cada sector antes de cruzar las tramas. Hay operaciones clandestinas en galpones donde la sangre se embala como si fuera vino de exportación, reuniones de vampiros en sótanos a los que no llega el sol, y escenas familiares donde Phoebe intenta explicarle a Bea por qué ya no quedan espacios comunes. Esa decisión de —freno, observación, exposición del universo— le juega a favor a la serie cuando finalmente las líneas se cruzan, y le juega en contra cuando pide al espectador que banque varios capítulos de worldbuilding antes del primer golpe de efecto.

La propuesta, entonces, combina dos motores que rara vez conviven sin tironearse: el vínculo entre las hermanas, con su carga de reclamos y de afecto postergado, y la distopía vampírica, con su lógica de mercado negro y de poder. Para quien se acerque, la serie funciona como una postal oscura de lo que pasa cuando un recurso esencial —la sangre, pero también el agua, la luz, el aire fresco— se vuelve mercadería y queda en manos de unos pocos. Del surco a la góndola, como diría cualquier productor que conozco en Mendoza mientras levanta la copa al final de la cosecha, lo que cambia no es el líquido: cambian las reglas que deciden quién lo sirve y a qué precio.

Lo que el Estado todavía no resolvió

El interrogante que deja flotando "City of Blood" no es si los vampiros son buenos o malos, ni si Bea y Phoebe van a terminar en el mismo bando. Es más simple y más incómodo: en un mundo donde la sangre se comercia como una commodity y la ciudadanía se mide por el acceso a un techo climatizado, ¿qué lugar le queda al Estado? La serie no termina de responderlo —y está bien que así sea, porque su fuerza está en mostrar el problema antes que en ofrecer soluciones—, pero deja en claro que mientras la política no discuta quién regula esos recursos, el mercado negro va a seguir haciendo su negocio. Queda en el aire, también, una pregunta para los lectores de estas páginas: qué tipos de "sangre" —agua, energía, tierra fértil— están empezando a circular, acá y ahora, con reglas parecidas a las de ese Berlín de ficción. Esa discusión, en la Argentina del calor que no afloja y de las tarifas que suben, todavía no tiene respuesta oficial. Y, como dice Bea cuando le preguntan por qué no se queda del lado de la cúpula: "mientras no haya reglas claras, yo prefiero saber de dónde viene lo que tomo".

NS
Norma SeguraVitivinicultura y campo

Te puede interesar