Cómo se receta hoy un adelgazamiento que no se sostiene solo con la pastilla: la voz de una especialista del Clínicas
Pilar Quevedo, jefa de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, explica de qué manera la semaglutida y la tirzepatida intervienen sobre el hambre y la saciedad, y por qué insiste en que el tratamiento farmacológico de la obesidad necesita controles, alimentación, movimiento y descanso para no quedar a mitad de camino.
Acá arriba, en el norte de la provincia, el sol de las cuatro de la tarde cae vertical sobre la vereda del hospital y uno entiende, mientras camina hacia el consultorio, que hablar de obesidad no es solamente hablar de kilos: es hablar de hambre, de cansancio, de familias que cocinan a las apuradas y de oficinas donde la única pausa es un café con facturas. Por eso, antes de escribir una sola línea, decidí ir a buscar a alguien que atendiera el tema con la seriedad que merece y con la calidez que la gente necesita. Terminé en el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, donde me atendió Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo, y lo que me contó me parece una de esas conversaciones que vale la pena compartir enteras, porque ordena un debate que muchas veces queda a mitad de camino entre la publicidad de la farmacia y el comentario de WhatsApp.
Quevedo arrancó por donde hay que arrancar: por el consultorio. Me dijo que el tratamiento farmacológico de la obesidad nunca empieza con una receta, sino con una evaluación médica seria, y que después, durante todo el desarrollo del tratamiento, hacen falta controles periódicos para ver cómo responde cada paciente. La idea central, insistió, es que la dosis y el ritmo de descenso de peso se ajusten a cada persona, no al revés, porque no todos los cuerpos metabolizan igual ni todos los pacientes toleran igual. Y acá viene un punto que la especialista remarco varias veces: cuando se baja de peso no se trata solamente de perder grasa, sino también de cuidar la masa muscular, algo que en la conversación cotidiana se pierde de vista y que después se paga en el consultorio con caídas reiteradas, con debilidad y con esa sensación de volver a empezar cada dos por tres.
Por qué la semaglutida y la tirzepatida no son "la pastilla mágica"
Le pregunté qué hacen concretamente estos medicamentos que tan mencionados están en los últimos tiempos y Quevedo me lo tradujo a un lenguaje llano, casi de cocina: dijo que la semaglutida y la tirzepatida son fármacos que reproducen señales que el intestino genera de manera natural y que se comunican con órganos como el cerebro, el estómago y el páncreas. La semaglutida, me explicó, actúa sobre un receptor, mientras que la tirzepatida interviene sobre dos vías complementarias, y por eso tiene un perfil un poco más amplio. Las dos, en definitiva, terminan trabajando sobre lo mismo que trabaja cualquier persona cuando se sienta a la mesa y se pregunta por qué come hasta pasarse o por qué nunca alcanza con el plato: las señales de hambre, la saciedad y, como dato clínico importante, también el control de la diabetes.
Ahí me detuve a escucharla con más atención, porque la especialista me describió escenas que conozco de memoria, y que seguramente cualquier lector de entre 40 y 60 años también: gente que termina la cena y a los veinte minutos está abriendo la heladera, gente que come y come y nunca se siente satisfecha, gente que reconoce que picotea entre comidas y que después se castiga por hacerlo. Esos relatos, dijo Quevedo, son moneda corriente en el consultorio y forman parte de una enfermedad multifactorial que no se puede explicar solamente apelando a la fuerza de voluntad, una frase que en su boca sonaba a corrección política pero también a verdad clínica.
El problema de después: sostener el peso perdido
Cuando le pregunté por la etapa más difícil del tratamiento, Quevedo no dudó: el después. Me dijo que cuando una persona adelgaza, el organismo tiende a activar mecanismos que favorecen la recuperación del peso, una suerte de memoria biológica que empuja hacia atrás. Ahí es donde estos medicamentos, aclaró, también cumplen un papel central, porque ayudan a sostener el descenso durante el período de uso indicado por los profesionales. La advertencia, sin embargo, fue clara: al suspenderlos puede haber una recurrencia del peso perdido, sobre todo si no existe una estrategia integral que acompañe el tratamiento. Y esa estrategia integral no se resuelve con voluntad a secas: incluye alimentación, hidratación, descanso, actividad física y apoyo profesional, y contempla además algo que la médica me pareció fundamental para pensar cualquier cambio, y es que los hábitos no se construyen en el aire sino en un entorno familiar y laboral concreto, con sus horarios, sus presiones y sus cocinas.
Lo que se mide y lo que se mira en el consultorio
Sobre el final de la charla, Quevedo volvió a poner el foco en lo que se controla: cómo responde cada paciente al medicamento, qué efectos aparecen, qué pasa con la composición corporal y, muy especialmente, si la persona incorporó movimiento y de qué tipo de movimiento se trata. La médica distingue entre el trabajo de fuerza y el cardiovascular, porque cada uno modifica la evolución de manera distinta y porque, como me dijo con una sonrisa cansada, no es lo mismo recomendar una caminata que un plan serio de actividad. Lo que se busca, en definitiva, es que los resultados se evalúen a lo largo del tiempo y no en una foto aislada, y que el descenso de peso no se convierta en una victoria de un domingo que el lunes ya no esté.
“Lo que más me llamó la atención, y que resumo con sus palabras, es que estos medicamentos vienen a dar una mano, pero la mano la tienen que poner también el paciente y el equipo de salud, porque la obesidad es una enfermedad seria que se atiende en serio y no se resuelve con una caja de pastillas.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
