Cuando el ánimo cae, la cocina también tiene algo para decir
La psicóloga Kimberley Wilson empuja un cambio de mirada: pide que en la consulta por cansancio, apatía o tristeza se indague también qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve, sin dejar de lado la terapia ni, cuando hace falta, los medicamentos
Acá arriba, en esta parte del mundo donde el sol pega fuerte y la rutina se vuelve un ruido de fondo que nadie elige, cada vez más gente llega a la consulta diciendo que está cansada, que le cuesta levantarse, que siente una apatía que no sabe de dónde sale. La pregunta clásica suele ser si eso es estrés, si es ansiedad o si ya hay que hablar de depresión. Pero hay una psicóloga que está proponiendo algo que, a primera vista, parece de sentido común y que sin embargo no siempre se tiene en cuenta en el consultorio: revisar también la alimentación, el descanso y el movimiento, porque a veces el ánimo bajo no vive solo en la cabeza ni en los recuerdos, sino también en el plato y en la almohada.
Me lo crucé en un cable que venía de Londres, y la propuesta me dejó pensando, así que me puse a charlar con vecinos de un pueblo del norte, como hago siempre que un tema me toca de cerca, y la verdad es que más de uno, sin saberlo, venía haciendo punta con la idea: María, de Villa Ángela, me dijo que desde que le detectaron anemia nota que la cabeza le funciona de otra manera, y Carlos, de Embarcación, me contó que su mujer mejoró el sueño cuando le ajustaron la dieta, así que cuando la especialista Kimberley Wilson dice que la salud mental no se puede entender sin mirar el cuerpo entero, uno siente que la cosa tiene asidero, que no es una moda de las redes ni un eslogan de manual.
Una evaluación que integra cuerpo y mente
Wilson, que trabaja en el Reino Unido y se hizo conocida por su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, plantea que cuando alguien llega con fatiga persistente, dificultades para concentrarse o un ánimo por el piso, la evaluación tiene que ser amplia, tiene que preguntar qué come, cómo duerme, si se mueve, si toma mucho café, si fuma, si atraviesa conflictos laborales o personales, y también tiene que revisar los antecedentes y las situaciones que generan estrés, porque un síntoma no aparece de la nada y casi nunca viene solo, y entonces la intervención también tiene que ser a la medida, no una receta única para todos.
En ese planteo, una persona que arrastra experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada para trabajar lo que le pasó, y al mismo tiempo, si tiene anemia o come de manera muy restrictiva, puede mejorar parte de sus síntomas al corregir esa carencia concreta, y la psicoterapia y los medicamentos, cuando hacen falta, siguen formando parte del abordaje, nadie los está descartando, lo que se discute es si se mira todo el cuadro o solo una parte, y la especialista inglesa dice que en general se mira una sola parte, y por eso se pierde tiempo, y a veces se pierden pacientes.
Los nutrientes que la especialista pone sobre la mesa
- Vitaminas B3 y B12, claves para el sistema nervioso y para la energía cotidiana.
- Zinc y selenio, minerales que intervienen en la regulación del ánimo y en la respuesta al estrés.
- Omega-3, presente sobre todo en los pescados azules, con efecto antiinflamatorio sobre el cerebro.
- Hierro, vinculado a la anemia y a una fatiga que muchas veces se confunde con tristeza.
- Magnesio, asociado al descanso y a la relajación muscular, que suele faltar en dietas pobres en verdes.
Wilson aclara, y esto me parece importante y lo quiero repetir porque a veces los títulos apurados deforman lo que se dice, que una deficiencia nutricional no determina por sí sola la existencia de un trastorno mental, o sea, no es que comer bien cure la depresión ni que comer mal la provoque de manera directa, lo que ocurre es que un déficit puede agravar el cansancio, la irritabilidad, la falta de motivación, y entonces se vuelve un factor más, un factor que se puede modificar, y eso ya es mucho, sobre todo en contextos donde el acceso a la salud mental sigue siendo complicado y donde cualquier herramienta que sume, bienvenido sea, y a mí, como vecino del norte que escucha estas cosas, me parece razonable, me parece de sentido común, y eso no es poco en tiempos donde el sentido común escasea.
El plato como una pieza más del tratamiento
Entre las recomendaciones concretas, la psicóloga menciona los pescados grasos, la sardina, el salmón, la caballa, que acá arriba no siempre son baratos ni fáciles de conseguir, pero que tienen un aporte interesante de omega-3, y sugiere al menos una porción por semana de pescado azul, y para quienes siguen una dieta vegetariana o vegana, que también los hay y muchos, propone consultar con un profesional sobre alternativas de suplementación, porque no se trata de volverse obsecado con un nutriente, sino de entender que la cabeza y el cuerpo hablan todo el tiempo, y a veces se gritan, y lo que comemos puede ser parte de ese grito, y a veces es parte de la respuesta, y esa es la idea de fondo, integrar, no reemplazar, mirar la persona entera, y no solo el síntoma que la trajo al consultorio.
“Una deficiencia no explica por sí sola un trastorno mental, pero puede agravar lo que ya estaba ahí, y entonces mirar el plato es tan serio como mirar la historia clínica”Kimberley Wilson, psicóloga
