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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando el celular no para de sonar en la cabeza: lo que pasa cada vez que lo dejamos boca abajo en la mesa

Dos investigadores del CONICET explican por qué sentimos que vibró aunque no haya llegado nada y cómo esa espera permanente nos va robando atención, memoria y hasta ganas de mirar a los costados.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 24 d
Cuando el celular no para de sonar en la cabeza: lo que pasa cada vez que lo dejamos boca abajo en la mesa

Arranco esta nota sentado en la vereda, con el sol entrando de costado y el celular apoyado en el banco, en silencio, como si no pidiera nada. Y sin embargo, una parte de mi cabeza está atenta a ver si se prende la pantalla. No es una idea mía: es justo lo que describen Fabricio Ballarini, neurocientífico, y Juan E. Bonnin, lingüista, los dos investigadores del CONICET que hace rato vienen pensando cómo nos modifica la relación con las pantallas. Lo cuentan en su libro (Des)Conectados, y la lectura que hacen de la vida cotidiana ayuda bastante a entender por qué a veces uno mira el aparato sin razón y, sobre todo, por qué la cabeza queda enganchada igual aunque lo hayamos dejado a un metro de distancia.

La escena es tan común que parece una pavada: sentís una vibración, tocás el bolsillo o levantás el teléfono y no hay nada. No llegó ningún mensaje, nadie te llamó. Para Ballarini y Bonnin, ese instante tiene nombre y tiene explicación. Lo que se pone en juego es la expectativa constante de que algo puede llegar, y esa expectativa es suficiente para que el cerebro tome cualquier roce de la ropa, cualquier ruido cerca, como si fuera una señal del celular. No es exageración: es el mismo mecanismo que hace que, aun sin notificación, uno esté pendiente.

El miedo a quedar afuera y por qué pesa más en los pibes

Acá entra un concepto que en inglés se conoce como FOMO, fear of missing out, y que los autores traducen, básicamente, como el miedo a quedarse afuera. Para un adulto puede ser una molestia menor, una sensación de haber perdido un dato. Para los adolescentes, la cosa cambia bastante. Los investigadores explican que, para ellos, perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse casi como quedar excluido del grupo. No es solo lo que se están perdiendo en términos de actividades: son los intercambios, las risas, los códigos, los pequeños acuerdos que se arman en los chats y que después se comentan en la calle o en la escuela.

  • Vibraciones que no existen: el cerebro aprende a interpretar cualquier roce como una alerta y dispara la revisión del teléfono.
  • FOMO en la adolescencia: quedarse sin acceso al chat se vive como una exclusión del grupo, no como un simple dato perdido.
  • Memoria y atención en juego: cuanto mayor es el miedo a quedar afuera, más cuesta concentrarse en lo que pasa al lado.
  • Pantallas como lugar de encuentro: dejar el celular puede sentirse como ausentarse de un espacio, no como guardar una herramienta.
  • Notificaciones fantasma: la espera de un mensaje sigue activa aunque no haya sonado ninguna alerta real.

Ese temor no se queda en lo emocional. Los autores lo vinculan con un costo concreto en lo cotidiano: estar pendiente de las novedades digitales reduce los recursos de atención que quedan libres para todo lo demás. Lo dicen con cuidado, pero sin vueltas. Lo relacionan con un menor rendimiento de la memoria y con más dificultad para sostener la concentración en una tarea, una charla, una cena, una clase. Cuando una parte de la cabeza está calculando si va a entrar un mensaje, le queda menos resto al resto.

Mirar la casa, mirarnos: lo que cambia cuando reconocemos el mecanismo

Ballarini y Bonnin insisten en un punto que a mí me sirve un montón como padre y como hijo: reconocer la dependencia no es un paso moral, es un punto de partida. No alcanza con contar cuántas veces uno desbloquea la pantalla por día. También importa advertir la preocupación por perderse algo, la expectativa de que llegue un aviso, la sensación de que el teléfono es una especie de ventana que no se puede cerrar del todo. Las notificaciones fantasma, esas vibraciones que no existen, son la prueba más clara de que esa espera sigue activa aunque no haya una alerta real que la justifique.

Los investigadores ubican estos hábitos en un cambio más profundo. Las pantallas dejaron de ser apenas un aparato con aplicaciones: hoy alojan conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria. Por eso, dejar el dispositivo boca abajo en la mesa no siempre se vive como guardar una herramienta. A veces se siente, aunque no nos guste admitirlo, como ausentarse un rato de un lugar de encuentro. Eso no significa que haya que dejar de usar el teléfono ni mucho menos. Sí significa, en el planteo de Ballarini y Bonnin, que vale la pena recuperar el valor del conocimiento, de la memoria y de la atención puesta en lo que pasa al lado, antes de que el dispositivo termine concentrando todo el esfuerzo de pensar.

“El planteo apunta a recuperar el valor del conocimiento y la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET y autores de (Des)Conectados
DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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