Cuando el cuerpo se acostumbra a la alerta y nadie lo nota: la vida en modo supervivencia
Despertares a las tres de la mañana, frases que se cortan a la mitad y una irritabilidad que aparece donde antes no había nada: especialistas alertan sobre un cansancio que ya no es pasajero y que se instala sin hacer ruido en la rutina cotidiana de miles de personas.
El sol todavía está bajando detrás del cerro cuando uno empieza a sentir que el día no terminó, aunque el reloj diga lo contrario. Acá arriba, en los pueblos del norte argentino, la gente suele medir el cansancio por la luz que queda en la calle: si todavía hay sol, hay tarea. Pero hay un cansancio que ya no entiende de horarios ni de luz, y que se mete en la cama junto con uno sin pedir permiso. De eso habla la advertencia que vienen difundiendo hace rato los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos como CDC, y que en los últimos meses se vio reforzada por estudios publicados en revistas científicas de peso internacional. Lo que describen es algo bastante más profundo que una semana pesada: es un estado de alerta que se vuelve crónico y empieza a comerse el sueño, la concentración y hasta la paciencia con el prójimo.
Porque la trampa, y acá viene lo interesante, es que uno puede seguir funcionando como si nada. Ir a trabajar, responder mensajes, cumplir con los chicos en la escuela, llegar a la reunión, volver a casa. La rutina se sostiene en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite, como un motor al que se le pasó varias veces el cambio de aceite y todavía, por pura costumbre, sigue rodando. Lo que cambia, lo que se va deteriorando de manera silenciosa, son tres patas que sostenían la vida cotidiana sin que uno les prestara demasiada atención: dormir bien, pensar con claridad y reaccionar con un margen de calma ante los contratiempos.
Señales que aparecen sueltas, pero que suman
Los CDC remarcan que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para conciliar el sueño, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones, incluso las más simples. El problema es que estos síntomas casi nunca llegan todos juntos ni en bloque. Lo más frecuente es que se presenten de manera dispersa, como pistas sueltas que uno va dejando en el camino: una noche te despertás a las tres de la mañana sin motivo aparente, al día siguiente olvidás lo que ibas a decir a mitad de una frase y a la semana siguiente reaccionás con una intensidad desacostumbrada ante algo que, en otra época, habrías dejado pasar.
- Despertares nocturnos sin causa clara, sobre todo entre la una y las cuatro de la madrugada.
- Dificultad para concentrarse, leer un rato largo o sostener una conversación sin perder el hilo.
- Irritabilidad creciente frente a demoras, ruidos o pedidos que antes no generaban molestia.
- Olvidos frecuentes de palabras, nombres o compromisos pequeños de la rutina.
- Sensación de estar agotado apenas empieza el día, pese a haber dormido las horas habituales.
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology se tomó el trabajo de analizar 45 revisiones y más de dos mil estudios sobre el tema, y lo que encontró fue bastante consistente: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera reiterada en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, agregó un dato clave: la exposición prolongada a situaciones de estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, que es justamente lo que permite no explotar por una tontería o terminar una frase sin perderse a mitad de camino.
“Cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
La rutina como señal engañosa y el llamado modo supervivencia
Una de las razones por las que este cuadro pasa tan desapercibido, y vale la pena detenerse en esto porque es lo que vuelve al tema tan traicionero, es que la continuidad de la rutina misma actúa como una especie de señal engañosa. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, contestando mensajes al minuto y cumpliendo con cada compromiso asumido, aunque por dentro esté conviviendo con un sueño fragmentado y con una tolerancia a la frustración cada vez más corta. No hace falta estar en la cama sin poder moverse para que el cuerpo esté dando señales de que algo no anda: alcanza con que cada día cueste un poco más empezar.
En los últimos tiempos empezó a circular con fuerza en espacios de bienestar y en redes sociales el concepto de modo supervivencia, una expresión que no figura en los manuales de psiquiatría pero que a mucha gente le sirve para ordenar un montón de señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes. Lo importante, coinciden los especialistas, no es tanto el nombre que se le ponga sino el patrón de fondo, que se parece bastante a esto: dormir peor aunque uno se acueste cansado, levantarse con la sensación de que el día empieza cuesta arriba y notar que la paciencia se agota antes de lo que se agotaba hace un año.
En una esquina de Yerba Buena, una vecina llamada Marta, que vive en el barrio desde hace más de veinte años, me lo resumió mientras esperaba el colectivo con la cara todavía medio dormida: uno se acostumbra tanto a andar mal que se le olvida cómo es estar bien, y el día que se da cuenta ya pasaron meses. La frase, dicho sea de paso, condensa bastante bien lo que vienen describiendo los estudios y lo que alertan los CDC: el cansancio crónico no aparece de un día para otro, sino que se va instalando de a poco, en silencio, hasta que un buen rato después uno se pregunta cuándo fue la última vez que se durmió sin pensar en lo que tiene que hacer al día siguiente.
Los especialistas insisten en que la detección temprana es la mejor herramienta disponible, porque una vez que el patrón se cronifica las consecuencias empiezan a pasar del plano anímico al plano físico, con alteraciones digestivas, tensiones musculares y una respuesta inmunológica cada vez más debilitada. Por eso recomiendan prestar atención a las señales dispersas, registrar cómo se duerme, cómo se reacciona y cómo se está cognitivamente a lo largo de varias semanas, y consultar a un profesional cuando la rueda parece no detenerse nunca.
