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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando el peatón es el eslabón más débil: una campaña para repensar lo que hacemos al volante y en la vereda

Familiares de víctimas del tránsito desembarcaron en la Legislatura porteña con una idea tan sencilla como incómoda: antes de manejar, todos caminamos. La iniciativa, que encabezan las Madres del Dolor, pide una reforma penal con sanciones más duras para quienes manejan alcoholizados, organizan picadas o se dan a la fuga después de atropellar a alguien.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 32 d
Cuando el peatón es el eslabón más débil: una campaña para repensar lo que hacemos al volante y en la vereda

Arranco esta nota como suelo arrancar las mañanas acá arriba, mirando cómo el sol pega de lleno sobre la vereda y la gente apura el paso para cruzar antes de que cambie el semáforo. Es justamente ahí, en esa franja de segundos entre la esquina y la otra esquina, donde la Asociación Internacional de Víctimas de Tránsito decidió plantar bandera con una campaña presentada en la Legislatura porteña que lleva una frase que parece de sentido común pero se dice poco: antes de subirse a un auto, todos somos peatones. Y esa idea, tan simple, es la que ordena todo lo que viene después.

El corazón del mensaje no es moral ni abstracto: es físico. Un vehículo promedio supera holgadamente la tonelada de peso; un cuerpo humano, en cambio, anda por los sesenta, ochenta, a lo sumo noventa kilos. Esa desproporción, que cualquiera puede medir con una balanza y un manual del automotor, convierte al peatón en el actor más vulnerable del tránsito y, según sostienen los impulsores de la campaña, obliga a quien se sienta al volante a considerarlo como prioridad antes de decidir a qué velocidad se circula, cómo se dobla o qué se hace cuando aparece una situación imprevista. La lógica es brutal en su sencillez: si manejás una mole de metal frente a alguien que no tiene paragolpes, airbags ni cinturón, la responsabilidad no se termina cuando pisás el acelerador, empieza ahí.

Una madre, una estrella y una deuda pendiente

La cara más visible de la iniciativa sigue siendo Viviam Perrone, referente de Madres del Dolor, una agrupación que nació del dolor y se transformó en motor de cambios legales. Su historia es la que le da densidad al reclamo: su hijo Kevin Sedano tenía 14 años cuando fue atropellado el 1° de mayo de 2002 en el partido de Vicente López, del lado norte del conurbano bonaerense. El conductor que lo embistió se fugó y Kevin murió una semana más tarde, en el hospital, después de esos días en los que la familia entera se agarra de cualquier expectativa. Desde entonces, Perrone recorre pasillos legislativos, participa de campañas de prevención y se sienta con cada familia que pierde a alguien en la calle o en la ruta, porque sabe que nadie sale igual de un golpe así y que el duelo se vuelve más llevadero cuando se transforma en algo colectivo.

Qué se le pide al Congreso

  • Una reforma penal que suba las sanciones para quien conduce bajo los efectos del alcohol, con agravantes que contemplen la reincidencia y las consecuencias del siniestro.
  • Castigos más severos para quienes participan en picadas ilegales, una práctica que en los últimos años ganó terreno en accesos y avenidas y que suele terminar con víctimas fatales.
  • Endurecimiento de las penas por abandono de persona luego de un atropello, figura que se aplica cuando el conductor se da a la fuga en lugar de auxiliar a la víctima.
  • Tratamiento efectivo del proyecto que ya aguarda debate en el Congreso, para que deje de ser una promesa de campaña y pase a ser ley.

La campaña también recupera un símbolo que ya es parte del paisaje urbano: las estrellas amarillas pintadas o pegadas en el asfalto, en las veredas y en los cordones, justo en el lugar exacto donde alguien perdió la vida en un siniestro vial. Funcionan al mismo tiempo como memorial, como advertencia y como recordatorio de que detrás de cada una hay una historia y una familia que la sostiene. Roberto, vecino de San Isidro, me lo dijo mientras barría la entrada de su casa al costado de una de esas marcas: "Yo paso por acá todos los días y cada vez me acuerdo del pibe que se mató en la esquina. Pongo la radio más baja, miro dos veces por el espejo y trato de no apurar el semáforo. No es mucho, pero es lo que puedo hacer yo desde el auto".

La tradición de pintar estrellas lleva décadas y tiene una lógica que excede lo simbólico: es una manera de mantener vivo el nombre de quien se fue y, al mismo tiempo, de empujar al resto a cambiar un comportamiento. Quienes perdieron a alguien en la vía pública las usan para hacer visible lo que muchas veces queda enterrado en las estadísticas frías de los partes policiales, y también para presionar, con el correr de los años, por leyes que tengan más dientes. Lo que esta campaña vino a decir, en definitiva, es que esa presión sigue vigente y que la desproporción entre una tonelada de chapa y un cuerpo de carne y hueso merece, como mínimo, un debate serio en el Congreso y otro tanto en cada uno de nosotros cuando agarramos la llave del auto o cuando pisamos la calle con el bolsito del supermercado.

“Yo paso por acá todos los días y cada vez me acuerdo del pibe que se mató en la esquina. Pongo la radio más baja, miro dos veces por el espejo y trato de no apurar el semáforo.”Roberto, vecino de San Isidro
DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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