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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando una mano alcanza: lo que la neurociencia sabe sobre el poder del contacto físico en medio del miedo

La investigadora Paula Salamone describe cómo un gesto tan simple como tomarse de la mano, abrazar o acariciar puede activar mecanismos del sistema nervioso que calman la angustia, y por qué ese intercambio varía según quién lo inicie y de qué cultura se trate.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 22 d
Cuando una mano alcanza: lo que la neurociencia sabe sobre el poder del contacto físico en medio del miedo

Acomodate en la vereda un rato y mirá a tu alrededor: en la mayoría de los barrios de la Argentina, sobre todo cuando el sol cae y la gente vuelve del trabajo, las escenas de contacto están a la vista. Un pibe que le agarra la mano a la abuela para cruzar la calle. Dos amigas que se funden en un abrazo después de meses sin verse. Una madre que le acaricia la espalda al nene después de un golpe en la rodilla. Son gestos tan cotidianos que uno rara vez se detiene a pensar qué pasa adentro del cuerpo cuando ocurren. Y sin embargo, del otro lado de esos movimientos tan simples hay toda una maquinaria del sistema nervioso que se pone en marcha, y que la ciencia empezó a describir con bastante detalle en las últimas décadas. De eso se trata, justamente, la charla con la doctora Paula Salamone, que hace rato viene investigando cómo la piel, el cerebro y las emociones se dan la mano, literalmente, para modular el miedo y la ansiedad.

Una mano que cambia lo que siente el cuerpo

Salamone, doctora en Neurociencias Afrontivas y referente en el tema, lo dice sin vueltas: cuando alguien tiene miedo o está angustiado, recibir una caricia, un abrazo o simplemente el contacto de otra mano puede modificar el estado emocional de esa persona. No es una frase bonita, ni un lugar común de autoayuda. Es el resultado de años de investigación en laboratorios de distintos países, donde se estudia cómo los estímulos que llegan a la piel terminan influyendo sobre la actividad del cerebro, sobre la médula espinal y sobre respuestas fisiológicas concretas, como los cambios en el ritmo cardíaco o en la producción de ciertas hormonas vinculadas al estrés.

La investigadora menciona especialmente una escena que aparece una y otra vez en los papers y también en la consulta: la de un chico que, ante una situación que lo asusta, busca la de un adulto y la toma. Esa búsqueda, explica, no es caprichosa. Es una manera que tiene el cuerpo de pedir regulación, de delegar en otro una parte del trabajo emocional que, a esa edad, todavía no se puede hacer solo. Acá arriba, en los valles y en la Quebrada, esa imagen se repite en cada bajada del colectivo, en cada cola del comedor, en cada rezo compartido: la mano del nene que se estira hasta encontrar la del grande, como si supiera algo que la cabeza todavía no aprendió.

“Cuando alguien siente miedo o está angustiado, darle la mano, abrazarlo o recibir una caricia puede modificar el estado emocional de esa persona y reducir la ansiedad.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
  • La piel y el sistema nervioso: el tacto activa receptores conectados con la médula espinal y con áreas del cerebro que procesan emociones. Por eso un abrazo puede cambiar el ritmo cardíaco y bajar la sensación de amenaza.
  • Autocontacto versus contacto con otro: tocarse el pelo, la barba o el brazo es una manera de regular emociones, pero la respuesta no es la misma que cuando el estímulo llega desde afuera, porque el cerebro distingue entre las acciones propias y las del otro.
  • Cosquillas como ejemplo: cuando uno se hace cosquillas solo, el cerebro predice el movimiento y la sorpresa baja. Cuando las hace otro, queda un componente de incertidumbre que cambia la intensidad de la sensación y forma parte del juego social.
  • La cultura marca la distancia: en algunos países, como Suecia, charlar a tres metros es normal. La cercanía física no mide la emoción, sino la manera de expresarla, aclará Salamone.
  • Pandemia y falta de contacto: el equipo Tango-i Lab, donde trabaja Salamone en Argentina, investiga si el aislamiento físico durante el Covid-19 dejó huellas en la manera en que las personas se relacionan y perciben su propio cuerpo.

Ahora bien, no todo contacto es igual ni produce el mismo efecto. Salamone insiste en una distinción que parece obvia pero no lo es: tocarse a uno mismo no genera la misma respuesta que ser tocado por otro. Frotarse los brazos cuando hace frío, acariciarse la barba mientras se piensa, pasar la mano por el pelo en un momento de tensión: todos esos son gestos de autocontacto, y el cerebro los procesa de manera diferente. La clave está en que el sistema nervioso logra predecirlos, porque uno mismo los inicia, sabe dónde van a ocurrir y hasta puede cancelarlos. Cuando el estímulo llega desde afuera, en cambio, aparece un componente de sorpresa y de novedad que cambia por completo el procesamiento. Las cosquillas sirven para entenderlo de un modo casi didáctico: si uno intenta hacerse cosquillas solo, la sensación resulta apagada, casi sin gracia, porque el cerebro ya anticipó el movimiento. Si las hace otro, la risa explota, porque hay incertidumbre, y esa incertidumbre es parte del juego y del vínculo social.

La especialista también pone sobre la mesa un factor que a veces se olvida cuando se habla de emociones: la cultura. Salamone contó, por ejemplo, que durante su trabajo de investigación en Suecia, mantener una conversación a tres metros de distancia era algo perfectamente habitual, mientras que en la Argentina esa distancia suele sentirse excesiva o hasta fría. Eso no significa que un sueco sienta menos que un porteño o un jujeño, ni que exprese las emociones de manera más pobre. Lo que cambia, explicó, es la manera de expresarlas y de vincularse, los códigos invisibles que regulan quién puede tocar a quién, en qué momento y de qué forma. Acá arriba, donde las Fiestas Patronales mezclan procesiones, bailes y saludos efusivos, esas reglas se hacen visibles a cada rato, y muestran que el contacto físico nunca es solo un tema del cuerpo: también es un idioma.

El grupo de investigación en el que trabaja Salamone en Argentina, el Tango-i Lab, se dedica, entre otras cosas, a estudiar el lugar del contacto en la percepción del propio cuerpo y su relación con los síntomas de despersonalización, esa sensación extrañísima que algunas personas describen como verse desde afuera o como si los límites del cuerpo se volvieran difusos. También están investigando una pregunta que quedó flotando después de la pandemia: si la falta de interacción física forzada por el aislamiento dejó efectos posteriores, sobre todo en los más chicos y en los adultos mayores, que durante meses no pudieron abrazarse, ni tomarse de la mano, ni compartir una mesa sin distancia. Todavía no hay respuestas cerradas, se trata de una pregunta de investigación abierta, pero la sospecha es que algo se movió en la manera en que las personas se permiten o se prohíben hoy el contacto cotidiano.

Volvé a mirar la vereda, entonces. La próxima vez que veas a alguien estirar la mano para buscar la de otro, o a una abuela peinar despacito la cabeza de un nieto en una plaza, pensá que del otro lado de ese gesto hay años de ciencia intentando entender por qué funciona. No es magia, ni superstición, ni costumbre vacía: es una manera que tenemos los seres humanos, escrita en el sistema nervioso, de dejar que otro nos ayude a regular lo que sentimos. Y a veces, como me lo dejó dicho Salamone mientras terminábamos la charla, alcanza con muy poco para que el cuerpo entienda que ya no está solo frente al miedo: una mano, una caricia, un abrazo a tiempo pueden cambiar más de lo que uno imagina.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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