Eddie Horniman vuelve con las manos llenas de y el pasado pisándole los talones
La segunda temporada de The Gentlemen se corre del disfraz de comedia negra y se anima a preguntar cuánto tarda un buen tipo en dejar de serlo cuando el poder lo invita a sentarse a la mesa.
La mañana en Londres amanece gris y pesada, esa llovizna fina que no se decide a caer del todo pero que termina empapando los huesos, y así, con ese clima de película que parece sacado de un guion, arranca la nueva entrega de The Gentlemen, la serie que Guy Ritchie concibió como un espejo torcido del crimen británico y que ahora vuelve a las plataformas con una segunda temporada decididamente más oscura, más ambiosa y, sobre todo, menos preocupada por hacer reír que por mostrar la trastienda del poder.
Tres meses antes del campo embarrado
A esta altura ya lo sabe cualquier vecino de Castelar que se haya sentado frente al televisor con un café en la mano: Theo James vuelve a ponerse la piel del Duque de Halstead, pero el aristócrata que conocimos en la primera temporada, aquel buen muchacho que llegó casi por accidente al negocio del cannabis de la familia Glass, ya no existe. La nueva entrega abre con un salto temporal que funciona como una declaración de intenciones: vemos a Eddie malherido, arrastrándose por un campo de barro, y a partir de ahí la serie retrocede tres meses para reconstruir, paso a paso, el camino que lo dejó en ese estado. Esa decisión narrativa, que a primera vista parece un capricho del guionista, termina siendo la clave para entender de qué se trata esta temporada: no del momento del golpe, sino de la acumulación lenta y silenciosa que lo hizo posible.
Porque la Eddie de esta temporada es otra persona, y no porque haya cambiado de peinado o de traje, sino porque entendió algo que en el campo, del surco a la góndola, también aprenden los productores cuando el precio internacional se mueve: que quedarse quieto es una forma silenciosa de desaparecer. En su caso, quedarse quieto significaba seguir siendo el invitado de lujo en una mesa que no era la suya. Así que decide ampliar el negocio familiar, recuperar tierras alrededor de la finca y, sobre todo, llevar las operaciones fuera del Reino Unido. Para eso necesita pisar tres territorios que no se llevan bien entre sí: el cannabis legal, la política británica y las alianzas con actores del crimen internacional. Es un equilibrio delicado, de esos que en Mendoza, cuando el viento Zonda empieza a soplar, los viñateros saben que no dura mucho.
Bobby Glass, el patriarca que se bajó del tren
El gran obstáculo de Eddie ya no es un rival externo, sino el patriarca Bobby Glass, que atraviesa su propio despertar espiritual con la misma calma con la que uno poda una parra en invierno. Bobby está más interesado en sus lecturas y en su búsqueda interior que en adaptar el imperio a los nuevos tiempos, y ese desinterés funciona como un freno de mano para las ambiciones de Eddie y de Susie Glass. La tensión entre los tres vertebra la temporada y plantea una pregunta que atraviesa toda la serie: ¿se puede heredar un negocio criminal sin terminar heredando también los códigos que lo sostienen? Eddie empieza a darse cuenta de que sus buenos modales, ese trato amable que en la primera temporada parecía un rasgo simpático, en el nuevo mapa se leen como debilidad, y que acumular poder es, en definitiva, dejar de permitir que otros decidan por uno.
- Eddie Horniman (Theo James) ya no es el aristócrata accidental de la primera temporada: ahora conduce la expansión del imperio hacia Europa y debe aprender a leer la política como se lee un informe de mercado.
- Susie Glass reaparece como socia estratégica y como el termómetro moral de Eddie: la relación entre ambos se mueve entre la complicidad, el cálculo y una intimidad que la serie nunca termina de definir.
- Bobby Glass se corre hacia su costado espiritual y deja un vacío de liderazgo que Eddie intenta llenar, aunque todavía no tiene la espalda para sostenerlo.
- Llegan dos piezas del crimen europeo: el mafioso italiano Marco Moretti, interpretado por Sergio Castellitto, y su colaboradora Cico Maldini, a cargo de Michele Morrone, que abren un frente nuevo y profundamente imprevisible.
- Guy Ritchie mantiene su marca de fábrica, el espectáculo visual, la violencia estilizada y el humor negro, pero esta vez los pone al servicio de una historia sobre el costo del poder, no solo sobre sus beneficios.
“La serie pregunta cuánto tarda un buen tipo en dejar de serlo cuando el poder lo invita a sentarse a la mesa, y lo hace sin responder: lo muestra.”Norma Segura
El humor negro se toma un respiro
Ritchie no abandona los recursos que definieron la primera entrega, pero les baja el volumen. La violencia sigue siendo coreografiada como un número musical, los diálogos conservan ese ritmo de metralleta con humor incrustado en cada bala, y los planos siguen buscando ese virtuosismo visual que el director viene perfeccionando desde Lock, Stock and Two Smoking Barrels, pero esta vez la historia se toma en serio a sí misma. Lo que vemos es la transformación de un protagonista que se aleja progresivamente del hombre que era al comenzar la serie, y esa metamorfosis recuerda, inevitablemente, a la de ciertos personajes clásicos del género: cuanto más control gana Eddie sobre su entorno, más difícil parece la salida. La serie no juzga, pero tampoco absuelve: se limita a mostrar, con una precisión que duele, el precio exacto que se paga cada vez que alguien cruza una línea que no se puede desandar.
Lo que la serie todavía no resuelve
Hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible es, justamente, la pregunta que la temporada deja flotando en el aire, y esa es su mayor apuesta. La segunda entrega de The Gentlemen no viene a cerrar el arco de su protagonista, sino a abrir uno nuevo, más áspero, más europeo, más incómodo, y eso, para una serie que fácilmente podría haberse repetido hasta el hartazgo, es casi una declaración de principios. Falta, eso sí, que la propia ficción se anime a ir un paso más allá en esa dirección y deje de mirar a Eddie con la condescendencia con la que todavía lo trata en algunos capítulos, porque el verdadero examen de una serie sobre el poder no es mostrar a un hombre común cruzando la línea, sino atreverse a mostrarlo del otro lado sin pedir perdón por ello.
Y mientras tanto, en el patio de fondo de muchas productoras argentinas, el Estado todavía no resolvió cómo acompañar a una serie local que intente algo parecido en clave nacional, con esa mezcla de costumbrismo, delito y humor negro que tan bien le salía al cine de los años noventa y que hoy sigue pidiendo pista.
