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El 11-S que no se apaga: los hijos de los rescatistas cargan con un trauma heredado que ya lleva un cuarto de siglo

Un relevamiento del Columbia University Irving Medical Center sobre 270 hijos adultos de 176 familias de socorristas detectó que más del 20% tiene depresión y más de una cuarta parte, algún trastorno de ansiedad. La pesquisa vuelve a poner en debate cómo se transmite el dolor cuando los hechos no se presencian.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 40 d
El 11-S que no se apaga: los hijos de los rescatistas cargan con un trauma heredado que ya lleva un cuarto de siglo

Acá arriba, en este enero entrerriano donde el sol pega de lleno sobre las veredas todavía calientes, uno mira el calendario y se topa con una fecha que ya cumplió veinticinco vueltas al sol: el 11 de septiembre de 2001. Lo que ocurrió aquella mañana en Nueva York fue visto por millones en vivo, pero lo que vino después —el silencio espeso, las terapias eternas, los grupos de apoyo que nunca terminan— lo viven hasta hoy familias que no salieron en ninguna foto. Un estudio reciente del Columbia University Irving Medical Center se metió justamente en esa zona íntima, la de los hijos de quienes corrieron a apagar el fuego, y volvió con un dato que duele: la herida se transmitió.

El trabajo, publicado en la revista PLOS Mental Health, siguió durante años a 270 hijos adultos, todos menores de 18 años al momento de los atentados, que pertenecían a 176 familias de rescatistas y trabajadores de recuperación incluidos en el World Trade Center Health Program. Los investigadores cruzaron encuestas respondidas por padres e hijos con los registros clínicos de ese programa y encontraron que más del 20% de esos hijos adultos presenta depresión, mientras que más de una cuarta parte padece algún trastorno de ansiedad. Hablamos de personas que no estaban en Manhattan aquel día, que no vieron caer las Torres Gemelas, y que sin embargo cargan hoy las marcas de aquello.

Un dolor heredado sin haber estado

“No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación.”Yael Cycowicz, autora principal del estudio

La investigadora principal, la profesora Yael Cycowicz, lo dijo con una claridad que atraviesa cualquier idioma: los chicos no presenciaron la destrucción, pero crecieron en casas atravesadas por sus consecuencias. Y eso alcanza para heredar un peso. Según el equipo de Columbia, ese mecanismo de transmisión indirecta —padres con estrés postraumático criando hijos sin que medie ninguna palabra sobre lo vivido— explica por qué el patrón dominante en los hijos no es el TEPT clásico sino la depresión y la ansiedad, que son más coherentes con la exposición sostenida al estado mental de un padre o una madre durante años.

  • Más del 20% de los hijos adultos evaluados presenta depresión.
  • Más de una cuarta parte registra algún trastorno de ansiedad.
  • El riesgo crece cuando el progenitor llegó temprano a la zona cero, permaneció allí más tiempo en los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos.
  • La depresión actual de los padres se asocia con mayor probabilidad de depresión en sus hijos.
  • El TEPT actual de los padres se vincula con más TEPT, pánico y depresión en la descendencia.
  • Los vínculos más negativos entre padres e hijos se asocian con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los jóvenes.
  • Una menor calidez en el trato se relaciona con más ansiedad en los hijos.

Cuando la familia entera necesita tratamiento

El estudio también midió el peso del vínculo cotidiano. Las relaciones más frías o más tensas empujaron hacia arriba los síntomas depresivos y el consumo problemático de alcohol en los hijos; en cambio, cuando había calidez y redes de apoyo, el efecto operó al revés, como un amortiguador. La conclusión de los autores es incómoda pero directa: el trauma de los padres se derrama hacia el entorno familiar sin que los hijos hayan presenciado los hechos, y eso obliga a los servicios de salud mental a dejar de tratar al paciente como un caso individual y empezar a mirar a la mesa entera, al living, a la cocina donde se cena en silencio.

Acá, a miles de kilómetros de Manhattan, uno piensa en los bomberos de Gualeguaychú que vuelven de un siniestro forestal con los ojos quemados por el humo, en las enfermeras de Concepción del Uruguay que doblan turnos en la terapia del hospital público, en los policías de Paraná que corren cada vez que suena el teléfono. Uno piensa en sus hijos, que muchas veces no saben por qué mamá se despierta gritando a las tres de la mañana o por qué papá no quiere ver las noticias. Y entiende que esta investigación no habla solo de Nueva York: habla de cualquier casa donde un adulto carga con lo que vio y un chico paga los platos rotos sin haber tocado ninguno. Como resume el equipo de Columbia con una idea que debería grabarse en la puerta de cualquier centro de salud: cuando se trata a un rescatista, se trata a toda la familia que lo espera en la mesa de la cocina.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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