El acoso escolar ya no se apaga cuando suena el timbre: pediatras piden mirar el celular como parte del problema
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el bullying y el ciberbullying se volvieron una misma herida abierta: lo que empieza en el aula sigue en grupos de WhatsApp, redes y videojuegos, y vuelve al chico a la cama sin que pueda desenchufarse. Familias, escuelas y equipos de salud, los tres frentes donde la entidad pide actuar.
Arranco esta nota sentado en la galería de casa, con el sol todavía colgado del jacarandá de la vereda y el termo de mate al lado, porque la advertencia que llegó desde la Sociedad Argentina de Pediatría me quedó dando vueltas toda la mañana y me parece que vale la pena sentarse tranquilo a contarla. Resulta que para muchos chicos argentinos la escuela ya no termina cuando suena el timbre: la misma agresión que les llega en el patio puede perseguirles esa tarde en un grupo de WhatsApp, escalar de noche en una red social y volver al aula al día siguiente como si nada hubiera pasado. Esa continuidad entre el patio y la pantalla es, justamente, lo que preocupa a los profesionales que acaban de publicar un documento muy detallado sobre el tema.
El informe fue elaborado por ocho comités y subcomisiones de la SAP y pone el foco en algo que muchas familias todavía no terminan de ver: que el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos problemas separados y empezaron a funcionar como una sola cadena. Una pelea en el recreo puede terminar en un video viral; un apodo inventado en el aula puede transformarse en un meme que circula meses; un mensaje deWhatsApp puede difundirse a cursos enteros en cuestión de minutos. Lo que antes quedaba en la escuela, hoy se mete en la cama del chico.
Lo que dice el documento
La SAP describe una lista larga de modalidades de acoso digital que conviene repasar, porque a veces los adultos ni siquiera las reconocen como tales: mensajes de odio, burlas reiteradas, acecho, votaciones para humillar a un compañero, perfiles falsos, suplantación de identidad, difusión no consentida de información privada, exclusión deliberada de grupos y manipulación de fotos, videos o memes. A ese listado se suma un capítulo nuevo, que hasta hace poco no existía: herramientas de inteligencia artificial que permiten editar imágenes y videos para ridiculizar a alguien, con el agravante de que una sola publicación puede alcanzar audiencias enormes y volverse prácticamente imposible de borrar.
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
Lo que no es bullying
- El documento aclara que no toda pelea entre compañeros es bullying: el acoso escolar requiere intención clara de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que deja a la víctima sin posibilidad de defenderse.
- Puede ser físico (golpes, empujones, robos), verbal (insultos, apodos, amenazas) o relacional (aislar, ignorar, difundir rumores).
- La diferencia con un conflicto entre pares es clave: en una discusión ambos pueden hacerse cargo; en el acoso, uno puede y el otro no.
- Pediatras remarcan que pedirle al chico hostigado que resuelva solo el problema es, en sí mismo, parte del problema.
Las consecuencias que enumera la entidad son de las que no se ven a simple vista pero se sienten en el cuerpo: dolores físicos recurrentes, alteraciones del sueño, caída en el rendimiento escolar, aislamiento, ansiedad y, en los casos más graves, depresión e ideas de hacerse daño. Por eso el llamado de la SAP no apunta solamente a las familias: incluye también a las escuelas y a los equipos de salud, porque la detección temprana depende de que los adultos de los tres ámbitos estén atentos a las señales y hablen el mismo idioma.
Mientras escribo esto pienso en Carla, una vecina de Villa Dolores con la que cruzamos palabras cada vez que nos toca esperar el colectivo en la esquina: ella me contaba el otro día, mientras le hacía upa a la nena, que a su hijo de doce años le habían creado un grupo paralelo para burlarse de él y que la Directora del colegio tardó dos semanas en tomarlo en serio. "El pibe me decía que no quería ir a la escuela, pero yo pensaba que era la edad, hasta que un día vi los mensajes y se me cayó el mundo encima", me dijo con la voz todavía quebrada. Como ella, hay miles de familias en la Argentina que descubren tarde que lo que parecía una travesura de chicos era, en realidad, un padecimiento sostenido que se alimenta de la pantalla. Por eso, cuando los pediatras insisten en que el problema no se apaga cuando suena el timbre, no exageran: lo que pasa en el aula, hoy, sigue adentro de la casa.
