El balandro que se perdió sin testigos: el solitario del Spray que el mar no devolvió
Joshua Slocum fue el primer hombre en darle la vuelta al mundo solo a bordo de un velero. En 1909 zarpó otra vez hacia el sur y nunca se supo de él. Esta es su historia, contada desde una costa que también mira el Atlántico.
A veces uno arranca estas notas en un escritorio cualquiera, pero la cabeza está en otro lado. Acá me imagino la costa de Boston una mañana de abril de 1895, con el sol todavía bajo y el puerto oliendo a brea y a pescado del día anterior. El cielo sobre la bahía era de un gris metálico, como de chapa de zinc, y contra ese fondo se recortaba la silueta fina de un balandro de once metros que iba a cambiar la historia de la navegación sin que nadie le estuviera sacando fotos. A bordo, un solo hombre: Joshua Slocum, canadiense de origen, marino de toda la vida, con un barco reconstruido tabla por tabla y una idea que a los fabricantes de vapor les habría sonado a locura.
El barco se llamaba Spray. Slocum lo había encontrado abandonado, podrido, casi pasto de un campo en Massachusetts. Lo fue armando de nuevo durante trece meses, sin más capital que las manos y un oficio aprendido a los golpes, enrolado primero como cocinero y grumete a los dieciséis años, para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Cuando estuvo listo, lo que tenía en el agua no era una reliquia restaurada: era un instrumento de trabajo, hecho para que un hombre solo lo gobernara en cualquier rumbo.
Una vuelta al mundo con un reloj de hojalata
La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bajó por el Estrecho de Magallanes, bordeó el cabo de Hornos, atravesó el Pacífico y el Índico, y volvió a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Era la primera vez que alguien completaba esa circunnavegación a solas, y lo había hecho sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal. Compensaba esa precariedad con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar que arrastraba desde adolescente.
Tampoco sabía nadar, y lo decía con esa mezcla de ironía y pragmatismo que vuelve sus memorias tan llevaderas. «En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía», decía. El libro que publicó en 1900, Sailing Alone Around the World, empezó como una serie de notas para revistas y se transformó en un éxito inmediato. Los lectores reconocían en Slocum una voz seca, precisa, sin épica de cartón: la de un hombre que mezclaba el cálculo náutico con el asombro y el humor, y que se las arreglaba para resolver cada problema con oficio de artesano más que con gestos de héroe.
La fama, sin embargo, no lo amarró a puerto. En noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez más desde Martha's Vineyard, en Massachusetts, otra vez a bordo del Spray, otra vez en solitario. Esa vez el destino fue el sur, el Caribe, quizá el río de la Plata, según las conjeturas que circulan entre quienes todavía estudian su. Nunca volvió. No hubo pedido de auxilio, no hubo barco divisado a la deriva, no hubo hallazgo de casco ni de cuerpo. Solo el silencio del océano, que en cuestiones de mar suele ser el veredicto final.
Lo que me sigue llamando la atención, mientras escribo esta nota con la ventana abierta a una calle de Buenos Aires, es la combinación de factores que Slocum reunía y que hoy resultan casi imposibles de imaginar juntos. Un tipo que reconstruye un velero con sus manos, que da la vuelta al mundo sin GPS ni radiobaliza, que escribe un libro que se sigue leyendo más de un siglo después, y que desaparece sin que nadie pueda contar siquiera cómo fue el último tramo. Es un recordatorio incómodo: el mar no le debe nada a nadie, ni siquiera a quienes lo navegaron mejor que nadie.
“En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum, marino canadiense nacido en Nova Scotia
