El canto que deja una amiga: Piñeiro vuelve a la novela y se cruza con el duelo, las aves y un secreto
La escritora argentina presenta El canto invisible, donde una editora debe ordenar el manuscrito póstumo de una bióloga que estudiaba pájaros. Una historia sobre la amistad, la memoria y las cosas que nunca nos contamos.
El sol cae sobre la vereda de la editorial y uno se queda pensando en cómo empieza a veces un libro: no en una idea brillante, sino en una silla vacía. Eso es lo que cuenta Claudia Piñeiro cuando se refiere a El canto invisible, su nueva novela, que acaba de poner en la calle Alfaguara y que tiene como protagonista a Julia Muntaner, una editora de 64 años a la que le toca ordenar el manuscrito que dejó su amiga Marina Martinelli después de un accidente de tránsito. Marina, hay que decirlo pronto, no era una escritora cualquiera: era una de las biólogas más importantes del país, una mujer que llevaba años investigando el canto de las aves. Y es justamente ese mundo, el de los pájaros y sus voces, el que va a empujar a Julia a revisar recuerdos, a conversar imaginariamente con la amiga que ya no está y, sobre todo, a toparse con un secreto que cambia todo lo que creía saber.
La novela avanza por varios andariveles al mismo tiempo, y esa es, a mi criterio, una de sus grandes virtudes: por un lado está el duelo, esa forma tan particular de la tristeza que aparece cuando alguien se va de golpe y hay que decidir qué hacer con lo que dejó; por el otro, el trabajo de edición, que el lector común nunca ve pero que en estas páginas se vuelve casi un personaje más, con sus dudas, sus idas y vueltas, sus renuncias. Y por encima de todo, como quien no quiere la cosa, la amistad de toda la vida entre dos mujeres, esa clase de vínculo que sobrevive a mudanzas, a novios, a viajes, a discusiones que nadie recuerda quién ganó, hasta que de pronto se interrumpe y queda flotando.
Las editoras que la novela esconde
Acá viene uno de los datos que más me llamó la atención de la charla, y que me parece justo compartir: Piñeiro contó que el personaje de Julia no nació de la nada, sino que está armado con retazos de editoras que la acompañaron a lo largo de su carrera. La autora las nombró una por una, como se nombra a las maestras que nos marcaron: Julia Saltzmann, Julieta Obedman, Ana Laura Pérez, Gabriela Franco y Magalí Etchebarne. Cinco mujeres, cinco oficios casi invisibles para el lector, y un homenaje que a esta altura me parece de los más lindos que leí en una contratapa reciente. Como dijo una colega a la que consulté por teléfono desde esta redacción, allá en Salta, mientras tomaba mate en la puerta de su casa: 'Está bueno que alguien se acuerde de las que están atrás, porque sin ellas no se explica la mitad de los libros que tenemos en la mesa de luz'.
Un viaje que arrancó con una app y terminó en las aves
Ahora, ¿de dónde sale lo de las aves? Porque uno lee 'bióloga que estudia pájaros' y puede pensar que la autora se fue tres meses al norte a observar teros, pero la realidad, según contó ella misma, fue más terrenal: todo empezó con una aplicación para el celular. La herramienta se llama Merlin Bird ID, la desarrolla el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, y la conoció durante una cena en Madrid. A partir de ahí, la escritora se enganchó, empezó a identificar cantos por la ventana, y de a poco se fue metiendo en un mundo que, dice, le destrozó varios preconceptos. Uno de los que más le llamó la atención es que todavía circula la idea de que las hembras no cantan, como si en el reino animal también existiera eso de que la voz importante es la del macho. Por eso la novela incluye, al final, un glosario con mujeres ornitólogas que la historia fue dejando afuera.
Mientras iba tomando notas, me acordé de lo que me dijo una vecina de Tilcara, ya casi sobre la hora de la siesta, mientras mirábamos un casal de horneros que armaban su nido en la esquina de su casa: 'Uno vive toda la vida escuchando y no sabe qué es lo que está escuchando'. Me parece que esa frase, sin proponérselo, le cabe justo a la novela de Piñeiro, que es un libro que se trata, entre otras cosas, de aprender a escuchar lo que siempre estuvo ahí, incluso cuando ya no lo vamos a tener enfrente.
Vale la pena recordar, para cerrar, que Piñeiro no se quedó quieta este año: además de El canto invisible publicó Mi miedo xixi, un libro ilustrado para chicos, y participó de adaptaciones teatrales de Como bestias, de la francesa Violaine Bérot, y de Maldición eterna a quien lea estas páginas, de Manuel Puig. Una autora que, se note o no, no para. Y ahora me queda dando vueltas esa pregunta, que dejo flotando para los lectores: ¿qué historias de amistad de la literatura les parecen las más potentes, esas que uno recuerda mucho después de haber cerrado el libro? Yo, si me apuran, tengo tres o cuatro en la cabeza, pero eso lo cuento otro día.
