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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El ginkgo que mira pasar el tiempo: raíces, silencio y dos horas y media de paciencia

La película de la realizadora húngara Ildikó Enyedi cruza tres épocas y tres personajes alrededor de un mismo árbol en un jardín botánico alemán, y propone una mirada sobre la relación entre las personas y las plantas que pide tiempo al espectador.

Por Norma SeguraVitivinicultura y campo · · hace 28 d
El ginkgo que mira pasar el tiempo: raíces, silencio y dos horas y media de paciencia

El cielo sobre el jardín botánico de la universidad alemana aparece quieto, sin viento, y eso le cambia el carácter al ginkgo que ocupa el centro de la escena. Las hojas del árbol, que en otras jornadas tiemblan y murmuran, hoy quedan como detenidas, y ese detalle mínimo le da a la película de Ildikó Enyedi el tono con el que se presenta: un film que necesita del clima para entrar, que espera del espectador la misma atención con la que uno se queda mirando una planta. "El amigo silencioso" no es una película que apure al público: durante casi dos horas y media toma el pulso de tres vidas distintas a través de un mismo árbol, y lo hace con un ritmo que, como las hojas quietas, recién empieza a susurrar cuando uno se queda lo suficiente como para escucharlo.

La propuesta reúne a Tony Leung, Léa Seydoux y Luna Wedler en un elenco que sostiene tres historias separadas por décadas: 1908, 1972 y 2020. Lo que enlaza esos relatos no es un parentesco ni una casualidad dramática al uso, sino un ginkgo plantado en un jardín universitario alemán. Esa elección narrativa le permite a Enyedi, que firma tanto el guion como la dirección, correr la cámara del follaje a las manos, de las manos al laboratorio y del laboratorio al cultivo doméstico, sin que el árbol deje de ser el eje. La realizadora húngara, nominada al Oscar por "En cuerpo y alma", vuelve aquí a un terreno que le es propio: el de los vínculos que se construyen sin grandilocuencia, casi sin palabras, entre un ser humano y algo que no lo es.

Tres épocas, un mismo tronco

  • En 1908, una joven que es la primera estudiante universitaria cruza la fotografía con los dibujos de plantas antiguas, y empieza a ver el mundo vegetal como un archivo de formas.
  • En 1972, un estudiante entra en contacto con los geranios y se deja modificar por el cuidado cotidiano, en una historia donde la planta es maestra y no objeto.
  • En 2020, un neurocientífico de Hong Kong trabaja con bebés y con el ginkgo, y la investigación científica se suma al archivo de vínculos que el árbol ya acumula.

En el tramo de 1908 la película trabaja la observación: la cámara se detiene en placas, en negativos, en el modo en que la luz del jardín toca una hoja, y la protagonista aprende a leer los patrones de las plantas como si fueran negativos develados. En 1972 la historia se vuelve más íntima: el joven de los geranios no descubre nada espectacular, pero cambia, y ese cambio es lo que el film se toma en serio. En 2020, con el neurocientífico encarnado por Tony Leung, la película se mete en un laboratorio y cruza la experimentación con bebés, la memoria y las propiedades atribuidas al ginkgo, y se permite, por fin, un poco de conversación entre disciplinas. Léa Seydoux y Luna Wedler completan el reparto en los otros dos tramos y comparten, sin cruzarse nunca, la misma vereda del jardín.

Uno sale de la sala con la sensación de haber leído un libro más que de haber visto una película: el árbol del jardín botánico alemán funciona como esas voces de la naturaleza que los productores del sur de Mendoza suelen reconocer cuando riegan en enero y la planta, dicen, "les avisa". No es lo mismo, claro: allá el ginkgo habla de tiempo largo y de investigación académica; acá, en la finca, habla de floración, de carga y de cosecha. Pero hay un punto en común que la película expone con claridad: las personas sólo se enteran de algo cuando se quedan lo suficiente frente al vegetal como para que el vegetal les cambie la mirada.

"El amigo silencioso" deja abierta, sin responderla del todo, la pregunta que la propia Enyedi le hace al espectador: ¿qué nos interesa de una película que conecta vidas a través de un árbol? La respuesta, en todo caso, se construye mientras uno mira: la película apuesta a que el público acepte el ritmo lento, la contemplación y el cruce entre ciencia, cultivo y fotografía como si fueran tres maneras de mirar la misma hoja. Funciona si uno entra en ese juego; si uno espera un motor más convencional, el film se le hace largo. Lo que queda, en cualquier caso, es un ginkgo testigo mudo de un siglo, y la certeza de que, del surco a la góndola, la relación entre personas y plantas sigue mereciendo películas que se tomen el trabajo de mirarla con tiempo.

NS
Norma SeguraVitivinicultura y campo

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