El hombre que se negó a dejar morir al niño interior y construyó un imperio de lana y fieltro
Jim Henson falleció hace más de tres décadas, pero la pregunta que dejó abierta sobre la ternura y el humor absurdo en la televisión sigue sin respuesta: ¿aguanta el formato o ya es pieza de museo?
Es una mañana gris en Mendoza, con esa neblina baja que se pega al viñedo y demora la poda, y aprovecho la mesa de la cocina, con la pava todavía silbando, para volver sobre la biografía de un tipo que entendió algo que a muchos nos cuesta: que la sofisticación más genuina no se consigue madurando, sino conservando intacta la mirada curiosa del pibe que uno fue. Eso pensaba mientras releía la trayectoria de Jim Henson, el titiritero que a los diecisiete años se paró por primera vez frente a una cámara en un programa infantil que duró lo que un suspiro, apenas tres semanas al aire, y que de esa frustración inicial sacó la energía para fundar, junto a Jane Nebel, con quien después se casó, el ciclo Sam and Friends, que sería la piedra fundamental de todo lo que vendría después.
Lo que vino después fue, sencillamente, enorme. Los Muppets, Barrio Sésamo, Fraggle Rock y una sucesión de productions que mezclaron marionetas, humor del que parece no tener lógica inmediata y una sensibilidad tan fina que funcionaba tanto para un chico de cinco años como para su padre mirando de reojo desde el sillón. Henson no respetó ninguna de las reglas tradicionales del teatro de títeres: con espacios, con formas y con convenciones hasta dar con un lenguaje propio que terminó siendo tan reconocible como una firma.
Una filosofía de trabajo que se entiende mejor en sus propias palabras
Porque Henson no era un autor de slogans vacíos: tenía un método, y ese método se sostenía en ideas muy concretas. La primera, casi un decálogo personal, era la del niño interior, esa certeza que él mismo expresó en más de una oportunidad al sostener que la gente más sofisticada que conocía eran, en el fondo, todos niños por dentro, y que perder esa condición era, en realidad, un empobrecimiento. La segunda era más técnica, y él la explicaba con la claridad de quien sabe exactamente qué está haciendo: los personajes más interesantes que había creado, decía, tenían una fijación o un rasgo que se podía exagerar, y en lo que se exageraba se volvía divertido, y en lo que se volvía divertido la gente terminaba viéndose a sí misma, lo cual convertía a la risa no en un fin en sí mismo sino en una herramienta para poner las cosas en perspectiva.
“Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca.”Jim Henson
Y acá aparece la tercera pata de su pensamiento, que es la del absurdo entendido no como recurso fácil ni como chiste facilista, sino como una forma de acercarse a la realidad mediante una abstracción que el público pudiera reconocer, que es exactamente el mecanismo que hacía que uno terminara identificándose con una rana como Gustavo o con una cerdita como Peggy, personajes a priori tan alejados de cualquier experiencia cotidiana y, sin embargo, tan próximos a las pasiones y los miedos de cualquier espectador. Esa alquimia, la de hacer reconocible lo extravagante y extravagante lo reconocible, fue durante décadas la marca registrada de Henson.
- Henson debutó como titiritero a los diecisiete años en un programa infantil que fue cancelado a las tres semanas, experiencia que usó como aprendizaje.
- Junto a Jane Nebel, su futura esposa, creó Sam and Friends, base de todo su universo creativo posterior.
- Su método se apoyaba en tres ejes: conservar al niño interior, exagerar un rasgo para hacerlo reconocible y usar el absurdo como vía de acceso a lo real.
- Falleció en mayo de 1990, a los 53 años, por un choque tóxico derivado de una infección bacteriana, en plena actividad creativa.
- Disney terminó incorporando décadas después al catálogo de los Muppets, consolidando un legado que sigue siendo referencia del género.
Henson murió en mayo de 1990, a los cincuenta y tres años, a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana, y se fue en pleno rodaje, con proyectos abiertos y con una cabeza que no había terminado de imaginar personajes. Su legado, claro, quedó más que consolidado: las franquicias que creó fueron absorbidas por Disney, sus personajes siguen siendo referencia ineludible del género, y la pregunta que deja abierta su trayectoria no es menor ni decorativa, porque apunta a un debate de fondo que esta industria todavía no resolvió: hasta qué punto el humor absurdo combinado con la ternura sigue siendo una combinación viable en la televisión actual, o si el formato que Henson construyó con tanto oficio ya no tiene un equivalente contemporáneo y pasó, definitivamente, del surco a la góndola de los recuerdos.
