«El mal hijo»: Jaime Lorente se anima a dirigir y se queda a mitad de camino
El actor español debuta detrás de cámara con un drama familiar que arranca con autenticidad y se pierde cuando se cruza de vereda hacia el thriller. Una ópera prima con buenas intenciones y un elenco sólido, pero que no termina de encontrar su propia voz.
Todavía lo estoy masticando. Salí del cine con una sensación rara, esa que aparece cuando una película te gusta al principio, te convence en el medio y te deja un poco frío sobre el final. Eso me pasó con «El mal hijo», la ópera prima de Jaime Lorente como director, que tiene sus mejores armas en el primer tramo y se va apagando a medida que el guion pide más ruido del que puede sostener. La película ya está en cartel en algunas salas de Argentina y, por lo que se comenta en redes y en los pasillos de los cines, las opiniones están bastante divididas.
Un arranque que respira verdad
Lo primero que llama la atención es el tono del comienzo. Estamos en Murcia, a fines de los años ochenta, y conocemos a Rubén de chico: un nene al que su padre deja solo y que termina criándose con la abuela. Lorente filma esa infancia con una paciencia que se agradece: nada de subrayados ni de música emocional manipuladora. Hay una ceremonia vista desde el pasillo, con la puerta entreabierta, y una charla de chicos al caer la tarde que se quedan en la retina porque no buscan alguno, simplemente ocurren. Esas escenas las sentí genuinas, de esas que parecen captadas más que puestas en escena.
“En el primer tramo hay un pulso narrativo que invita a seguir y momentos de infancia filmados con sensibilidad.”Crítica
El problema llega cuando la historia pega ese salto temporal que ya vimos mil veces en dramas de este tipo: el niño crece, se convierte en adulto y, de golpe, el mundo se vuelve más oscuro. De la casa de la abuela pasamos a las calles tomadas por el narco, a las persecuciones, a los negocios turbios. Y acá es donde la película empieza a patinar, porque pierde esa calidez que era su mayor hallazgo.
Cuando el drama se cruza de vereda
- El primer acto se sostiene en los vínculos familiares y tiene escenas grabadas con oído fino.
- El segundo acto se vuelca al thriller con tráfico de drogas y persecuciones propias del cine negro.
- Los secundarios quedan reducidos a arquetipos: el socio traidor, el jefe mafioso, la chica en peligro.
- La tensión se sostiene por acumulación, no por construcción, y termina por desgastar al espectador.
- La composición de planos sigue siendo interesante, pero la inexperiencia se nota en las escenas de acción.
Entiendo la decisión de no quedarse en el costumbrismo familiar. Dirigir una ópera prima sobre la propia familia debe ser agotador y, de alguna forma, Lorente parece haber querido probar que también puede moverse en otros registros. El problema es que ese «otro registro» ya fue recorrido con mucha más convicción por un montón de directores, y la comparación termina siendo inevitable. Lo que en el arranque era un hallazgo propio se va convirtiendo en una serie de fórmulas reconocibles: persecuciones en moto, cámaras lentas en peleas, traiciones a destiempo.
Me quedo, eso sí, con el elenco. Rubén, de chico, tiene una presencia enorme en pantalla. Y la abuela se roba cada escena en la que aparece, que son las que más se disfrutan. La película no defrauda de manera estrepitosa, tampoco deja huella profunda: cumple sin brillar, y eso, viniendo de alguien con el nombre de Lorente, suena un poco tibio.
La pregunta que me llevo a casa
Antes de cerrar les dejo el interrogante que me quedó dando vueltas después de la función, y que también les tiro a ustedes: ¿tiene sentido que un actor conocido, cuando se anima a dirigir su primera película, elija un género tan transitado como el thriller, o conviene jugarse por lo autobiográfico, por lo más pequeño, por eso que en el arranque de «El mal hijo» parecía ser la verdadera marca de fábrica de Lorente? Les leo en los comentarios. La próxima cita en agenda es seguir de cerca los próximos pasos de su dirección, porque los indicios de mirada propia están, solo falta animarse a confiar en ellos hasta el final.
