El primer bocado del día: por qué saltearse el desayuno puede pasarle factura a los chicos en la escuela
Una revisión de estudios encontró que no desayunar se asocia con peor rendimiento escolar, aunque la causalidad no está probada. Dietistas norteamericanos recomiendan armar esa comida con proteínas y fibra, y dejar parte lista la noche anterior.
Acá arriba, en los pueblos del norte argentino, todavía se ve a los gurises saliendo para la escuela con el bolso colgado y un tupper en la mano, mientras la mañana todavía está fresca y el sol recién empieza a pegar sobre el cerro. Esa imagen hogareña, que muchos creíamos asegurada, es justamente la que preocupa a los especialistas que vienen estudiando hace años qué pasa cuando un chico o un adolescente se saltea el desayuno: una revisión reciente de investigaciones encontró que esa costumbre aparece asociada, de manera bastante consistente, con un rendimiento escolar más bajo, aunque todavía no se pueda afirmar que una cosa cause la otra.
Lo que dicen los estudios y lo que todavía no se puede asegurar
La revisión más ambiciosa juntó 45 estudios y observó que comer por la mañana puede ayudar en tres terrenos sensibles del aula: la atención, la memoria y lo que los expertos llaman función ejecutiva, que es esa capacidad de organizar los pensamientos y resolver problemas en el momento. Ahora bien, los propios autores aclaran que los resultados variaron según el tipo de prueba y las características de los participantes, y que los beneficios aparecieron con más frecuencia en contextos donde había alimentación insuficiente o desnutrición, lo cual muestra que el punto de partida importa mucho.
En paralelo, otro análisis que reunió 24 investigaciones observacionales vinculó directamente la falta de desayuno con un mayor riesgo de desempeño académico bajo, lo que en criollo significa peores notas y más dificultades para seguir el ritmo de la clase. Pero corresponde ser prudentes con esa lectura, porque esa asociación no demuestra que omitir esa comida provoque malas calificaciones: también pueden estar metiendo la cola el descanso, la situación económica de la familia, la alimentación general del chico y hasta las rutinas de estudio en la casa. Lo que tenemos, en definitiva, es un indicio firme, no una sentencia.
Qué dicen los especialistas y cómo armarlo en casa sin complicarse la vida
Para entender por qué esa primera comida del día pesa tanto en el aula conversé con la dietista Jennifer Hyland, del equipo de Cleveland Clinic Children’s, que arrancó la charla con una advertencia bastante terrenal: después del ayuno nocturno, que en la mayoría de los casos se estira entre diez y doce horas, pueden aparecer cansancio, menor claridad para pensar y hasta una lentitud física que al chico le cuesta poner en palabras, pero que se nota en la cara de dormido que llega a la escuela. Su planteo es simple: desayunar aporta el combustible para bancar las primeras horas de actividad, sobre todo en chicos y adolescentes que están en pleno crecimiento, y por eso la organización de la noche anterior se vuelve una aliada estratégica para que las prisas de la mañana no terminen con la panza vacía hasta el segundo recreo.
- Avena remojada: se prepara la noche anterior y queda lista para comer fría o apenas entibiada.
- Huevos ya hervidos, lavados y guardados en la heladera para sumar proteínas sin esfuerzo.
- Fruta ya lavada y cortada, lista para agarrar y meter en el tupper.
- Sándwiches de huevo que se pueden freezar y calentar cuando hagan falta.
- Yogur griego con granola de bajo azúcar, para una opción rápida y rendidora.
La fórmula que repiten los especialistas: proteínas más fibra
Para que esa primera comida cumpla su función, Hyland recomienda una combinación que aparece una y otra vez en las guías de alimentación: proteínas más fibra, que son las dos patas que ayudan a sostener la saciedad y mantener la energía parejita hasta el almuerzo. Esa dupla se consigue con cosas tan simples como un huevo acompañado de una tostada integral, un tazón de cereal integral servido con leche y fruta, o el clásico mix de yogur griego y granola con poco azúcar. La elección, aclara la especialista, depende de los gustos del hogar, la edad de los chicos y el tiempo que cada familia tenga en la mañana, porque no existe una única cantidad de proteína adecuada para todos y tampoco sirve una receta única copiada del manual.
También pone el ojo sobre los productos con mucho azúcar, desde cereales azucarados hasta facturas y galletitas rellenas, porque pueden dejar hambre al rato y generar un descenso de energía posterior que termina jugándole en contra al chico que tiene que prestar atención en clase. Y va un consejo más, casi de sentido común pero que muchas veces olvidamos: la organización empieza el día anterior, no suena el despertador a las seis de la mañana con los chicos ya pidiendo la mochila.
“Después del ayuno nocturno pueden aparecer cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física; desayunar aporta energía para afrontar las primeras horas de actividad.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children's
Mientras la evidencia científica sigue trabajando para definir qué es un desayuno ideal y hasta dónde llegan los beneficios de los programas escolares que impulsan esa comida, en las casas y en las aulas lo que queda es una certeza bastante humana: mandar a un chico con el estómago vacío a discutir una lección de matemática o una prueba de lengua es, en el mejor de los casos, pedirle que rinda con el tanque en rojo.
