En la India, una mujer graba sus tareas del hogar para enseñarles a robots con inteligencia artificial y cobra por eso
Divya, del distrito de Karur, se ata un teléfono a la cabeza y registra cada movimiento mientras cocina o limpia. Lo que hace termina alimentando sistemas que quieren fabricar máquinas capaces de desenvolverse solas en una cocina o en una sala, y a ella le cambió la relación con la plata de todos los días.
Arranco la nota como me gusta arrancarla: con el sol entrando por una ventana, una cocina que todavía tiene olor a la comida de la mañana y una mujer que se ata el celular a la cabeza con una venda, como si fuera a competir en una carrera de postas. Así empieza la jornada de Divya, en el distrito de Karur, bien acá arriba, en el sur de la India, del lado de Tamil Nadu. Lo que hace no tiene nada que ver con una maratón ni con un video para redes: filma sus propias tareas del hogar para que robots con inteligencia artificial aprendan a hacer lo mismo que ella hace desde que tiene memoria.
La idea de base es bastante simple de explicar y bastante complicada de ejecutar. Para que un robot con inteligencia artificial aprenda a manejarse dentro de una casa, necesita ver cómo lo hace un ser humano. Las máquinas que solo repiten una secuencia fija, como un brazo industrial en una fábrica, sirven para una tarea y nada más. En cambio, los robots que se quieren meter en una cocina o en una sala tienen que entender cómo se agarra una papa, cómo se acomoda una tabla, cómo se dobla un trapo o cómo se abre la canilla. Y eso, hoy por hoy, se entrena con videos de gente común haciendo cosas comunes. Por eso empresas de tecnología contratan personas en distintos países para que registren su vida cotidiana y la conviertan en material de entrenamiento. Acá no hay ciencia ficción: hay un teléfono sujeto con una venda y un plato con verduras cortado cuadro por cuadro.
Cómo se trabaja, según lo que cuenta la propia Divya
- Se coloca un teléfono en la cabeza, sostenido con una venda, para que la cámara registre las tareas desde su punto de vista, como si fueran sus propios ojos los que estuvieran aprendiendo.
- Graba actividades cotidianas: cortar verduras, limpiar superficies, ordenar, manipular objetos de cocina, siempre con movimientos reales y en condiciones reales.
- Después de filmar, envía los videos a la empresa para que sean revisados y, si sirven, usados en el entrenamiento de robots con inteligencia artificial.
- No todo lo que filma queda aprobado: en una jornada de cuatro horas de grabación, le aceptan entre dos y dos horas y media, según su propio relato.
- Una tarea que en su casa le lleva 30 minutos, como cortar verduras, puede insumirle cerca de una hora cuando tiene que registrarla para el trabajo.
En una charla con periodistas que se acercaron hasta Karur, Divya lo dijo con una tranquilidad que da envidia: «Si normalmente me toma 30 minutos cortar verduras, este trabajo me toma una hora cuando tengo que grabarlo en video». La frase la pinta entera. La cámara obliga a pensar cada movimiento, a repetir, a verificar que el plano sirva, que la mano no tape lo que se está haciendo, que el sonido ambiente no arruine el audio. Por eso el tiempo dedicado a filmar y la cantidad de horas que finalmente se aprueban son dos cosas distintas, y a veces pesan más que el sueldo.
Porque sí, hay un sueldo. Y acá es donde la historia se vuelve menos técnica y más humana. Divya contó que antes, para cosas tan básicas como cargar saldo en el propio teléfono, tenía que pedirle plata a su esposo. No era un capricho: era la dinámica de una economía familiar en la que la mujer administra poco y decide menos. Con lo que gana grabando tareas del hogar, hoy puede comprar esa recarga ella misma, pagar pequeños gastos y hacer compras por su cuenta, sin tener que pedir autorización ni explicar en qué se va la plata. No se hizo millonaria, ni cerca. Pero el hecho de poder decidir sobre lo más mínimo, que a veces es lo más grande, ya le cambió la cabeza.
Lo que hace Divya es una foto concreta de algo que se repite en distintas partes del mundo: el trabajo humano que alimenta a la inteligencia artificial, ese que no aparece en los titulares cuando se habla de robots que cocinan o que limpian, pero que está en el origen de cada modelo. Alguien tiene que cortar las verduras, alguien tiene que filmar las manos, alguien tiene que mostrarle a una máquina cómo se dobla una servilleta. Y ese alguien, en este caso, es una mujer del sur de la India que se ata un celular a la cabeza y le encuentra la vuelta, mientras en una oficina a miles de kilómetros un algoritmo empieza a entender que una papa no se corta sola.
“Si normalmente me toma 30 minutos cortar verduras, este trabajo me toma una hora cuando tengo que grabarlo en video.”Divya, trabajadora de Karur, India
