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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Esteban Fontana y los veinte años de fonoaudiología que lo convirtieron en el primer abogado hipoacúsico de la Patagonia

Nació con sordera profunda en Neuquén, soportó burlas y golpes desde los cinco años, se recibió de abogado con calificación sobresaliente en la Universidad Siglo 21 y la Legislatura neuquina lo reconoció como el primer profesional hipoacúsico de la región.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 3 d
Esteban Fontana y los veinte años de fonoaudiología que lo convirtieron en el primer abogado hipoacúsico de la Patagonia

Acá arriba, en la calle donde el viento patagónico empuja las hojas contra los frentes de las casas, la historia de Esteban Fontana suena casi a leyenda, pero es carne y hueso de un neuquino de 41 años que recibió hace poco un reconocimiento que la Legislatura provincial entrega solo cuando algo enorme cruza la línea de lo simbólico y entra en el territorio de lo histórico. Yo lo cuento mientras el sol cae detrás de los cerros y el barrio Copol se va quedando en esa media luz que siempre invita a mirar para atrás y pensar de dónde viene cada uno, porque el punto de partida de Esteban fue, literalmente, el silencio más absoluto: nació con sordera profunda, sin que nadie en su familia tuviera antecedentes de discapacidad auditiva, y la primera batalla la dieron sus viejos cuando todavía era un bebé, recién diagnosticado y empujados a empezar un proceso largo, paciente y a veces desesperante de búsqueda de apoyo profesional.

Acompañado por un fonoaudiólogo durante cerca de veinte años, Esteban fue armando, como él mismo dice, palabra por palabra un puente hacia el mundo, y a mí me llama la atención la cantidad de cosas que hubo que aprender desde cero: primero a leer, después a modular, más tarde a hablar, y en paralelo una habilidad que se volvió central para moverse en cualquier oficina, en cualquier juzgado, en cualquier aula donde la comunicación oral es la ley que nadie cuestiona: la lectura labial, esa disciplina casi detectivesca de mirar los labios del otro y reconstruir lo que el oído no puede atrapar, una herramienta que sin él se volvió su brújula diaria y que también dejó al descubierto algo que la sociedad prefiere no mirar, que el sistema no estaba pensado para alguien como él.

Una infancia bajo el peso de la violencia y la discriminación

Porque la infancia de Esteban no fue la de un niño protegido por el cariño familiar y nada más, sino la de un chico al que desde los cinco años le llovieron empujones, burlas, golpes y aislamiento en la escuela, y él lo reconstruye con la serenidad de alguien que ya procesó el dolor pero no lo disimula, como me lo repite cuando lo cito textual: gracias a ese esfuerzo aprendí a leer, a modular, a hablar, a construir palabra por palabra un puente hacia el mundo, y esa frase, que él pronuncia de memoria y con un tono que a mí me suena a orgullo enorme, condensa dos décadas de terapia, de voluntad de sus padres, del fonoaudiólogo que no lo soltó y de un pibe del barrio Copol que se negaba a ser un extranjero dentro de su propio barrio.

Hubo un momento bisagra, una escena que a mí me parece de esas que definen a una persona, y ocurrió cuando tenía ocho años, en un punto de quiebre donde la acumulación de violencia lo había puesto contra las cuerdas, y entonces apareció su hermana Noelia y le soltó una de esas frases que los chicos guardan para siempre, sin sospechar que veinte años después iban a tener la dimensión exacta que terminaron teniendo, y la recuerdo textual porque Esteban la repitió palabra por palabra: esperá, porque en el futuro te esperan cosas muy lindas, y él lo cuenta y se le nota que esa noche, en el living de la casa familiar, hubo algo así como una promesa silenciosa, la decisión íntima de un nene de ocho años que se dijo que no importara cuánto sufriera iba a superar las barreras y demostrar que podía ser alguien valioso, y esa decisión, que él llama su promesa y yo prefiero llamar su primer acto de coraje público, fue el motor invisible que lo sostuvo durante toda la primaria en el barrio Copol, durante una secundaria que tuvo que completar en dos instituciones distintas, y durante los seis años de carrera.

La universidad, la tesis y el día que se recibió

Cuando llegó a la facultad las dificultades se multiplicaron en lugar de disminuir, porque la universidad no estaba adaptada para un estudiante hipoacúsico y en muchas clases él no podía seguir el ritmo de los docentes ni siquiera con la lectura labial que había entrenado durante dos décadas, y entonces la salida que encontró fue la del estudio autodidacta, esa costumbre de sentarse con el libro hasta entenderlo solo, y el apoyo de los compañeros, esos otros estudiantes que le pasaban apuntes y le explicaban lo que no había podido captar, y así, con esos dos motores combinados, cursó los seis años de Derecho en la Universidad Siglo 21 y llegó al momento clave: la defensa de su tesis sobre maternidad en el servicio penitenciario, un trabajo que le permitió además hacer un pedido concreto y humano a los profesores, que hablaran despacio, un pedido que para cualquier otro estudiante sería banal y que para él era la diferencia entre aprobar y no entender una sola palabra de lo que le estaban preguntando.

La calificación fue sobresaliente y ese día, a quien lo escucha, le suena a justicia tardía pero efectiva, porque la Legislatura neuquina declaró ese logro de interés legislativo y señaló en los fundamentos algo que a mí me parece central y que va más allá del caso de Esteban, algo que este cronista quiere subrayar para que los lectores de entre 50 y 60 años que peinan canas lo tengan presente: el documento planteó que el rendimiento de las personas con discapacidad no debería depender de su capacidad para compensar por sí mismas las barreras institucionales, una frase que en el lenguaje llano significa que la sociedad, y no el individuo, es la que tiene que adaptarse, y esa declaración, que parece obvia en un país con leyes de discapacidad vigentes, todavía choca contra una realidad en la que las aulas, los tribunales y las redacciones no están pensadas para alguien que no escucha.

Lo que dijo un vecino que lo conoce de toda la vida

Para terminar la nota, y fiel a esta costumbre que uno tiene de cerrar siempre con la palabra de un vecino y no con la propia, me acerqué hasta el barrio Copol y hablé con Roberto, un vecino de toda la vida que conoce a la familia desde antes de que Esteban naciera, y que me dijo mirándome a los ojos mientras el sol ya se había escondido detrás de los cerros: yo a Esteban lo vi de chico yendo a la fonoaudióloga con su vieja, siempre con la misma sonrisa, y hoy me entero de que es el primer abogado hipoacúsico de la Patagonia, eso no lo hizo solo, lo hicimos todos aunque no queramos, y esa frase, que Roberto pronuncia con esa mezcla de orgullo barrial y de modestia que tienen los vecinos del interior cuando hablan de alguien del barrio, es la que me permito dejar como última línea de esta nota, porque es la voz de un pueblo entero que vio crecer a un pibe que aprendió a leer los labios del mundo antes de leerle la cara a la injusticia.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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