Franklin, el que entendió antes que todos que el autocontrol se labura todos los días
Una frase del estadista y científico ilustre Benjamin Franklin resume tres batallas internas que casi todos damos a la vuelta: la discreción, el perdón y el uso del tiempo. Lejos de cualquier manual de autoayuda barato, las tres apuntan a lo mismo, que es gobernar los propios impulsos. En esta época de pantallas encendidas y de distracción permanente, lo que escribió aquel hombre del siglo XVIII sigue pegando en la actualidad.
Acá arriba en el norte argentino el sol pega fuerte desde temprano y la verdad es que da gusto sentarse en la vereda con un buen mate y pensar un rato en cosas de la vida, así que cuando me crucé con esta frase que dejó escrita un tal Benjamin Franklin hace ya un par de siglos no pude menos que quedar pensando en por qué sigue tan vigente y tan entera, porque a veces uno lee cosas de hace doscientos años y parecen escritas ayer nomás, y esta es una de esas veces, y eso ya de por sí dice mucho.
Una sola frase, tres peleas internas
"Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo", escribió este hombre que fue figura central de lo que se conoce como la Ilustración estadounidense, allá por el siglo XVIII, un tipo que fue científico, inventor, diplomático y un montón de cosas más, y que además de hacer experimentos con rayos y de andar firmando declaraciones de independencia, se dio el lujo de dejar observaciones sobre la conducta humana que siguen sirviendo como relojito, porque la sentencia es cortita pero cada uno de sus tres componentes abre un campo propio de reflexión y tiene consecuencias bien prácticas sobre la salud mental y sobre los vínculos que uno va armando día a día.
El secreto: callarse a tiempo
Guardar un secreto implica directamente renunciar a esa gratification inmediata que da el compartir información privilegiada, y la psicología señala, con bastante consenso, que cuando uno revela datos reservados gana una sensación pasajera de protagonismo que en el momento parece buenísima pero que después deja gusto a poco, y sin embargo sostener la discreción en serio es también un acto de respeto hacia quien confió algo privado, porque cada confidencia que uno recibe supone un compromiso ético que va bastante más allá de la comodidad del momento, y en la vida diaria esto se vuelve más difícil todavía cuando la sobreexposición en redes sociales presenta a la reserva como algo casi raro o anticuado, como si guardar un chisme fuera un favor que uno le hace al otro y no más bien una muestra de carácter.
Perdonar no es justificar
Perdonar un agravio no equivale ni por asomo a justificar el daño que nos hicieron ni tampoco a borrarlo de la memoria como si no hubiera pasado nada, y esa distinción es clave porque la confusión es frecuente, ya que el perdón funciona más bien como una herramienta pensadísima para liberar el peso emocional que de otra forma nos va consumiendo energía mental, y no como una absolución del otro ni mucho menos como un certificado de buen comportamiento que uno le firma al que la embarró, porque el resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo carga en el pecho, y soltar ese peso permite recuperar el control sobre la atención y sobre el bienestar personal, que de otro modo quedan atados de manos y pies a las acciones de terceros que uno ya no puede modificar por más ganas que le ponga.
El tiempo, el único bien que no vuelve
El tercer punto, aprovechar el tiempo, parte de una premisa sencilla y a la vez demoledora, que es que a diferencia del dinero o de los objetos las horas no se recuperan jamás, y Franklin describía al tiempo como un activo no renovable que se nos va entre los dedos, y hoy por hoy diversas industrias compiten de manera muy activa por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible, hasta el punto de que estar ocupado se volvió casi una trampa, porque no garantiza en absoluto haber avanzado en lo que realmente importa, ya que la actividad constante y el uso inteligente del tiempo son dos cosas bien distintas, y la diferencia la marca la alineación entre los propósitos personales de cada uno y las decisiones chicas que se toman hora a hora, esas que muchas veces pasan inadvertidas pero que en el balance del año pesan como una mochila.
Los tres desafíos comparten una raíz común que los atraviesa a todos, que es el famoso autocontrol, y acá viene lo importante: no se trata de negar impulsos naturales ni de pretender ser un monje de monasterio, sino más bien de ejercitar con paciencia la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a esos impulsos, y esa práctica no es un rasgo de personalidad fijo con el que uno nace o deja de nacer, sino una especie de músculo que se puede trabajar con el uso, igual que cuando uno aprende a tocar un instrumento o a cocinar un guiso que no se pase.
- Discreción: callar lo que otros confiaron es un compromiso ético, no un favor: soltar el protagonismo barato de ser el primero en contar.
- Perdón real: soltar el resentimiento libera energía mental propia; no borra lo pasado ni absuelve al otro.
- Uso del tiempo: estar ocupado no es avanzar; lo que cuenta es alinear las horas con los propios propósitos.
- Autocontrol entrenable: no es un rasgo fijo, se trabaja como un músculo a fuerza de práctica diaria.
“Mientras le comentaba el tema a Rubén, un vecino de Cerrillos que se cruza todos los días en la esquina del almacén, me dijo algo que me pareció cerrar el asunto mejor que cualquier título: "Mire, don, el que no se manda con el secreto, el que se come el rencor y el que se deja comer las horas por el celular, ya perdió antes de empezar; lo de Franklin es sabio porque apunta justo a lo que hacemos mal todos los días".”Rubén, vecino de Cerrillos
Te puede interesar
