La nueva película de Resident Evil recupera el terror de los videojuegos con una historia que no copia ninguna
Zach Cregger, el director de Barbarian, se hace cargo de la franquicia y la lleva de vuelta a Raccoon City con Bryan como protagonista, criaturas que ya son clásicos y un recorrido pensado para los fans de la saga de Capcom.
Te imaginarías la escena así: un tipo caminando solo por una calle nevada, con una linterna en la mano, escuchando apenas su propia respiración. Algo se mueve entre los edificios oscuros. Es la postal exacta que abre la nueva entrega cinematográfica de Resident Evil, una película que vuelve a las fuentes de la saga de Capcom sin volver a contar, una vez más, la misma historia de siempre.
El que tomó las riendas esta vez es Zach Cregger, el mismo director que se mandó Barbarian y que tiene muy claro cómo se construye el terror con paciencia, con pasillos mal iluminados y con silencios que pesan más que cualquier grito. Acá la historia es original e independiente, no es un remake de los juegos ni una secuela directa de las películas anteriores. Toma el universo, lo abre y lo deja respirar.
Un recorrido que parece un videojuego
El protagonista se llama Bryan y su periplo por Raccoon City está pensado como el de cualquier personaje de Resident Evil cuando uno agarra el joystick. Tiene que arreglárselas con lo que encuentra, abrirse paso entre criaturas mutadas y, sobre todo, conseguir municiones antes de que sea tarde.
- Calles de Raccoon City, con la nieve complicando todo y la linterna como única compañía.
- Una alcantarilla donde la oscuridad parece más sólida que las paredes.
- Una granja en la que la escopeta aparece, sí, pero sin cartuchos: hay que buscarlos.
- Un hospital con ascensores incluidos, donde uno se arrepiente de haber llamado al ascensor.
En esa granja, justamente, está uno de los momentos más recordables: Bryan consigue una escopeta, pero no le sirve de nada hasta dar con los cartuchos. Es un guiño directo a las miles de veces que cualquiera que haya jugado a la saga se quedó mirando el arma, muerto de ganas de usarla, sin tener con qué.
Los monstruos que ya son parte del folklore
Las criaturas, ojo, no son zombis genéricos. Hay un perro que persigue a Bryan dentro de un granero y al que se le abre la cabeza mostrando tentáculos, una imagen que a esta altura ya es un clásico del género. En el ascensor del hospital aparece otra criatura que ataca con vómito ácido. Y hay también un monstruo compuesto por fragmentos de cuerpos que va sumando restos con sus tentáculos y crece, crece, crece hasta volverse un problema serio.
Todo esto pasa mientras dos científicos de Umbrella, la farmacéutica de siempre, intentan frenar el desastre que ellos mismos desataron. A esos personajes los interpretan Paul Walter Hauser y Zach Cherry, que les dan cuerpo y algo de humanidad en medio del delirio biológico.
La saga de Capcom arrancó en 1996 con Chris Redfield y Jill Valentine atrapados en una mansión llena de zombis. La historia se mudó en 1998 a Raccoon City con Claire Redfield y Leon S. Kennedy, y ahí el universo se expandió de verdad. Cregger vuelve a esa ciudad porque, como le viene diciendo a quien quiera escucharlo, es el escenario que define a la franquicia: un laboratorio de Umbrella debajo de todo, un brote que se escapa de las manos y una población que no tiene la menor idea de lo que se le viene encima.
Los que jugaron van a reconocer el ADN en cada tramo. Los accesos bloqueados que obligan a buscar otra puerta, las cerraduras que no quieren abrirse, la decisión de gastar o no gastar el último cartucho: la película traduce eso al lenguaje del cine sin traicionar de qué se trata. Es, en definitiva, una carta de amor a los veintitantos años de historia de Resident Evil, contada con un respeto enorme por el material y con la confianza de no tener que copiar nada para homenajea
Te puede interesar
