Las tardes quietas de Luli Fernández: la vida que armó después del ruido
A los 38 años y con un hijo de siete, la modelo y conductora cuenta cómo reorganizó sus días tras separarse: entrenamientos, terapias de todo tipo y, sobre todo, el aprendizaje de quedarse quieta.
Acá arriba, en la zona norte del conurbano, el sol de la mañana pega distinto. La rutina empieza cuando todavía no salió del todo y las veredas de Vicente López están vacías. A las seis de la mañana, cuando la mayoría apenas se está estirando, Luli Fernández ya está parada en la cocina, con la pava empezando a silbar y el lunch escolar abierto sobre la mesada. Su hijo Indalecio, de siete años, desayuna con ella antes de que llegue María, la persona que la ayuda en la casa. Después salen en auto desde Recoleta, con la radio puesta y charla de a ratos, hasta el colegio. Es el primer tramo de una jornada que ella misma reconoce que rearmó desde cero después de separarse, tras catorce años de pareja.
Después de dejar a Indalecio en la puerta del colegio, la mañana sigue con lo que Luli llama, sin darle demasiado vueltas, su parte de trabajo con el cuerpo. Tres veces por semana entrena con un profesor de musculación y lleva un plan nutricional que sigue al pie de la letra. "No es para una foto, es para sostenerme", dice. A eso le suma un recorrido terapéutico que, si uno lo mira de afuera, parece largo: terapia tradicional, terapia neural, constelaciones familiares, biodecodificación y registros akáshicos. Para las decisiones más importantes, consulta a una astróloga y a una numeróloga, algo que cuenta sin vueltas, como quien enumera los pasos de cualquier rutina.
El trabajo, los premios y la decisión de no llenar los huecos
Lo que llena el resto de la semana es el trabajo. Conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital, un programa que arrancó enfocado en mujeres y que este año sumó una edición con varones. La producción le valió una nominación a los premios Martín Fierro, uno de los reconocimientos más codiciados de la televisión argentina. Sin embargo, lo que más rescata de este tiempo no es eso. Es haber entendido que el calendario saturado de antes, con eventos, viajes y compromisos que se encimaban, ya no la representaba. "Durante mucho tiempo el trabajo fue un refugio, un lugar donde no tenía que pensar en lo que me pasaba", reconoce. Lo que cambió, según repite, no fue la cantidad de horas sino la decisión firme de no tapar los huecos con actividades.
“Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz. Cuando dejé de escapar hacia adelante y me quedé quieta, aparecieron las cosas que de verdad me hacen bien.”Luli Fernández
Los miércoles y sábados, mientras Indalecio está con su padre, la casa se queda en silencio. Ahí es cuando Luli decide no salir corriendo. Elige quedarse en el living, mirar una serie, tomar unos mates y tener cerca a sus tres perros. Cuando necesita aire, sale con amigas, pero sin convertir el día libre en otro compromiso. La crianza, dice, se profundizó desde que vive sola con su hijo. El vínculo se hizo más presente, más hablado, más de mirar el reloj juntos. Como me dijo Cristina, una vecina de Florida que la vio de chica en los desfiles de Palermo: una la conoce cuando se cruza en la calle con cara de apuro, y otra muy distinta es la que se queda en la casa con el mate y la pantalla encendida. Esa segunda, asegura Luli, es la que aprendió a elegir en los últimos tiempos.
