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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Los millones de pantallas que miran a un nene de nueve años: Toto, entre el reality y el escrache digital

Un chico de nueve años se quebró en un video en Instagram por los insultos que recibió después de su primera aparición en MasterChef Junior. Su madre aclaró el contexto y volvió a poner en el centro una pregunta incómoda: hasta dónde llega la opinión y dónde empieza el acoso cuando el protagonista es un menor.

Por Norma SeguraVitivinicultura y campo · · hace 2 h
Los millones de pantallas que miran a un nene de nueve años: Toto, entre el reality y el escrache digital

El aguacero del domingo pegó de lleno en los viñedos de la zona este y dejó los suelos tan blandos que la maquinaria no puede entrar a pulverizar contra el mildiu. Entre las filas, mientras los productores calculan pérdidas, en cualquier living de la Argentina se repite una escena muy distinta: un nene de nueve años, cámara al frente, pidiendo que paren de hostigarlo en redes sociales. Lo de Toto en MasterChef Junior no es solo un culebrón televisivo; es el termómetro de una sociedad que mira, opina y, muchas veces, destruye sin medir consecuencias. Y a mí, como periodista del campo y la vitivinicultura, me toca levantar este tema porque también aquí, del surco a la góndola, conozco familias que exponen a sus hijos en ferias, exposiciones y transmisiones en vivo sin dimensionar lo que viene después.

Lo que se vio en pantalla y lo que se leyó en el celular

Durante el primer episodio del formato, los jurados cuestionaron la hamburguesa que presentaron Toto y su compañera Ámbar. El niño dijo que ella la había cocinado. La nena lloró frente a las cámaras, temerosa de quedar eliminada. La escena se viralizó al instante y se llenó de comentarios contra él. Lo que muchos televidentes no vieron, según reconstruyó la familia, es que, terminado el programa, el propio Toto se acercó a darle un abrazo a Ámbar y le dijo palabras lindas, un gesto que el ciclo no exhibió.

Según explicó la madre, que administra las cuentas oficiales del chico, Toto tiene Altas Capacidades Intelectuales (AACC) y está atravesando la montaña rusa emocional que significa debutar en televisión frente a varios millones de personas. Ella misma contó que el nene le pidió leer las repercusiones en Instagram, esperando mensajes lindos, y se topó con una andanada de insultos y burlas. Esa combinación fue la que lo llevó a grabar el video en el que, sin poder contener el llanto, les habló de modo directo a sus agresores.

“Me están heateando y la verdad que me está affecting mucho. Yo ya le pedí disculpas a Ámbar, pero si no se hizo público, me gustaría pedirle disculpas ahora. Acá detrás hay una persona.”Toto, participante de MasterChef Junior

El trasfondo: chicos frente a una audiencia adulta

El caso reabrió un debate que en Argentina vuelve cada vez que un menor queda expuesto en un formato masivo: ¿qué parte de la reacción del público se sostiene como crítica televisiva legítima y qué parte ya es acoso? Los argumentos más repetidos en las últimas horas, según lo que recogí en grupos de productores y en redes, pueden ordenarse de la siguiente manera.

La cita que la madre difundió apunta justo ahí, a la asimetría entre lo que se ve en pantalla y lo que no se ve. Ella fue textual al sostener que él le había pedido disculpas a Ámbar en privado, antes de que el episodio siquiera saliera al aire, y que eso tampoco fue mostrado. Esa doble vara entre lo editado y lo ocultado es la que alimenta buena parte de la indignación que ahora se derrama contra el niño. Y acá aparece mi lectura, acaso más áspera de lo que algunos colegas admiten en público: que un canal importante coloque a un chico de nueve años en el prime time sin un escudo explícito contra el escrache digital posterior es una decisión editorial que la empresa debería explicar, en lugar de dejarle a la familia la tarea de pedir disculpas por algo que no cometió.

Esta columna no pretende defender a ultranza a Toto, porque ni siquiera conozco su plato, ni a él, más allá de lo que exhibió la producción. Pero después de cubrir cosechas, galpones y crisis en pueblos donde todos se conocen, una cosa tengo clara: cuando alguien tiene nueve años, llora por un comentario en un celular y pide que pare el bullying, las alarmas no pueden quedar en manos de la discusión de café. A esa edad, la frontera entre la pantalla y la realidad se corre todo el tiempo, y los adultos que firman contratos y autorizan cámaras son los primeros responsables.

Lo que el Estado todavía no resolvió

El organizador del formato, el canal que lo emite, el auspiciante que sostiene la tanda, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales que podría intervenir en defensa de derechos de menores en productos audiovisuales, y los organismos de infancia de cada jurisdicción miran para otro lado cuando un chico cualquiera se vuelve tendencia por un mal trago. No conozco ningún protocolo público y obligatorio que obligue a las productoras a capacitar a jurados y equipos sobre el impacto emocional en menores, ni que contemple un moderador externo de comentarios en redes durante la emisión. Hasta que eso exista, casos como el de Toto se van a repetir, con nombres distintos y edades similares, y las familias van a seguir grabando videos a la madrugada para apagar el fuego que otros encendieron.

Volviendo al surco, donde esta semana se decide si se entra o no a los viñedos después de la lluvia: la planta siempre termina padeciendo lo que el productor no llegó a prevenir. Con los chicos, que son la parcela más sensible, debería pasar lo mismo. Cuidarlos a tiempo es tarea de todos, no solo de la madre que tuvo que explicar, cámara mediante, que su hijo no es un personaje de revista sino un nene de nueve años al que se le nota en la voz que todavía le tiembla la garganta cuando cuenta hasta diez.

NS
Norma SeguraVitivinicultura y campo

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