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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Por qué hay gente que se despierta con el sueño en la punta de la lengua y gente que no guarda nada

Un estudio internacional siguió durante quince días a más de doscientos adultos sanos y concluyó que la memoria onírica no es cuestión de suerte: depende de la edad, de la cabeza de cada uno y, sobre todo, de cómo se duerme esa noche.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 39 d
Por qué hay gente que se despierta con el sueño en la punta de la lengua y gente que no guarda nada

El sol todavía no cae sobre el cerro cuando uno abre los ojos y se queda un instante en la cama, buscando ese hilo de lo que recién se vivía. Algunos lo tienen ahí, clarito, como si lo hubieran filmado: la casa de la infancia, el perro que ladra, una conversación que no terminó. Otros, en cambio, abren los ojos y lo único que les queda es la sospecha de que soñaron algo, aunque no puedan agarrarlo de ningún lado. Aclárese una cosa: esa diferencia no es caprichosa ni tiene que ver con la suerte. Un equipo de investigadores se tomó el trabajo de seguir durante quince días seguidos a 217 adultos sanos, de entre 18 y 70 años, para entender por qué a unos se les pega el sueño al despertar y a otros se les borra antes de llegar a la cocina.

No es lo mismo soñar que recordar lo soñado

Acá viene el primer dato que a mí, como lector curioso, me hizo ruido: el estudio, publicado en la revista Communications Psychology, separó dos experiencias que suelen mezclarse en la charla de sobremesa. Una es recordar el contenido concreto, las escenas, las acciones, las emociones que aparecieron durante la noche. La otra es lo que los autores llaman "sueño blanco": uno se despierta con la certeza firme de que algo ocurrió mientras dormía, pero no puede recuperar ni un detalle, ni una imagen, ni una palabra. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos de participantes y sirvió para confirmar algo que parece obvio pero no lo es: soñar y acordarse de lo soñado son dos procesos distintos, y cada uno tiene sus propios motores.

  • La actitud atenta hacia los propios sueños: quienes se interesan por lo que sueñan tienden a recordarlo más seguido.
  • La tendencia a la divagación mental, esa costumbre de la mente de encadenar pensamientos sueltos en lugar de quedarse enganchada en lo que se está haciendo.
  • La edad: a medida que pasan los años cambia la facilidad para retener ese material al despertar.
  • La vulnerabilidad a la interferencia, es decir, la facilidad con que un ruido, la luz de la mañana o el primer pensamiento consciente borran el recuerdo antes de que quede fijo.
  • La estructura misma del sueño: episodios largos, con menos sueño profundo y más fases livianas, favorecen el recuerdo al otro día.

Lo de la interferencia me parece lo más lindo de explicar, porque uno lo vive sin ponerle nombre. La investigación lo describe así: cuando el cerebro está saliendo del sueño, cualquier estímulo, por chico que sea, puede pisar el recuerdo onírico antes de que termine de guardarse. Si ese estímulo llega antes de que el contenido se asiente en la memoria, el sueño se pierde, como se pierde una frase en el viento de la mañana. Por eso a veces basta con que suene el teléfono, con que entre un rayo de luz por la cortina o con que la cabeza arranque a planificar el día, para que lo soñado se evapore sin dejar rastro.

Acá arriba, en el norte argentino, cuando uno habla con vecinos mayores de pueblos chicos, la mayoría coincide en una cosa: de jóvenes soñaban a colores y se acordaban de todo; con los años, los sueños se fueron haciendo más difusos, o directamente se olvidan al segundo de abrir los ojos. El estudio les da la razón sin saberlo: la edad pesa, y mucho, en la capacidad de sostener ese material en la cabeza hasta que uno se incorpora de la cama. No es que se sueñe menos, aclaran los autores, sino que se recuerda distinto, o se deja de recordar.

“Soñar y recordar lo soñado no son lo mismo, y cada uno depende de factores distintos.”Equipo de Communications Psychology

Y queda una enseñanza práctica que sirve para cualquiera: si a alguien le interesa sostener lo que soñó, el trabajo empieza al despertar, no en la almohada. Antes de que entren la luz, el ruido y los pensamientos del día, vale la pena quedarse un instante quieto, con los ojos cerrados, y dejar que la escena vuelva sola, si es que tiene que volver. A veces vuelve. A veces no. Y eso, como demostró el estudio, tampoco es casualidad.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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