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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Sentarse a la mesa juntos: por qué ese gesto cotidiano sigue siendo clave para que los chicos aprendan a comer bien

Un consenso de especialistas pediátricos reunido en Buenos Aires vuelve a poner el foco en el costado más humano de la alimentación: con quién se come y en qué condiciones termina definiendo, en buena parte, los hábitos que los más chicos se llevan de aquí en adelante.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 4 d
Sentarse a la mesa juntos: por qué ese gesto cotidiano sigue siendo clave para que los chicos aprendan a comer bien

Amanece sereno acá arriba, con esa luz finita de las primeras horas que se va estirando sobre las veredas todavía húmedas, y mientras el barrio empieza a desperezarse uno se pregunta cuántas familias se sentarán hoy, de verdad, a compartir la mesa. Parece una pregunta menor, casi ingenua, pero un puñado de médicos y nutricionistas argentinos acaba de recordar que de esa costumbre depende, en buena medida, la manera en que los chicos aprenden a comer. El planteo no es nuevo, pero vuelve a cobrar fuerza de la mano del consenso NutreAR, que PROFENI -Profesionales Expertos en Nutrición Infantil- presentó hace algunas semanas en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría. Lo que sostienen, en pocas palabras, es que la comida es mucho más que lo que está en el plato.

Lo que más me llamó la atención, mientras iba charlando con conocidos y leyendo el material que se conoció tras el encuentro, es que la propuesta no se queda en recomendar qué tiene que comer un nene de cuatro años o un adolescente de quince. Va un paso más allá y pone el ojo en todo lo que rodea al momento de comer, ese universo que los especialistas definen como comensalidad. La idea es que importa el horario, importa el lugar, importa con quién se comparte el cubierto y, sobre todo, importa el ejemplo que reciben los más chicos en ese rato compartido. Las necesidades nutricionales cambian muchísimo entre los dos y los diecisiete años, y el consenso por eso se molesta en diferenciar etapas en vez de tirar una recomendación general que termina sirviendo para pocos.

Aprender copiando, también en la mesa

Hay algo que los pediatras repiten con insistencia y que a uno le resuena de manera muy simple: los chicos aprenden a comer, sobre todo, por imitación. Cuando ven a sus padres, a un hermano grande, a un tío o a un amigo de la cuadra comer de todo un poco, van sumando alimentos a su propio repertorio sin que nadie les esté dando un sermón. Lo cuenta, con la tranquilidad de quien lo ve todos los días en el consultorio, la nutricionista Carolina Beitia, que trabaja en el Centro de Salud de Palomar y suele atender familias de todo el conurbano: «Acá lo veo todo el tiempo, el nene que no quiere probar la verdura termina probándola cuando viene un primo y la come sin chistar. No es magia, es que copia lo que ve». Esa lógica, dicen los especialistas, sirve también para revertir la selectividad alimentaria -cuando un chico se queda atrapado en un menú muy corto-, siempre y cuando haya alguien cercano que le muestre otras opciones con paciencia y sinlo.

El consenso sugiere entonces un truco bastante casero: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en porciones chiquitas, y no consolidar un menú demasiado restringido ni en la casa ni en la escuela. La repetición amable, sin presión, termina abriendo el paladar. La recomendação vale tanto para los más chiquitos como para los preadolescentes, esa franja en la que muchos padres bajan los brazos pensando que ya está todo perdido.

El cuarto, la pantalla y la pérdida del encuentro

A partir de los catorce o quince años la cosa cambia de signo, y los propios especialistas lo reconocen: ahí empieza a crecer la tendencia a comer solo, encerrado en el cuarto, muchas veces con el celular apoyado en la mesa o directamente con la mirada clavada en una pantalla. Esa costumbre, que se volvió moneda corriente en los últimos años, va recortando de a poco las oportunidades de conversar, de negociar sabores y de mantener vivo el ritual de la mesa compartida. Por eso la pauta concreta que más repiten es bastante terrenal: sostener al menos una comida compartida por día, y si hay que elegir una, quedarse con la cena, que es la que mejor se acomoda a los horarios de trabajo, de la escuela y de las actividades deportivas. La mesa, aclaran, no tiene por qué ser necesariamente la familia de sangre: cenar con amigos, con un vecino, con un compañero de trabajo, cumple la misma función social y nutritiva.

El planteo tampoco se termina en la puerta de la casa. Las especialistas que participaron del consenso remarcan que la comensalidad se extiende a las instituciones: los comedores escolares con menús pensados con criterio nutricional y las viandas que cada mañana se arman en los hogares amplían el abanico de opciones y abren conversaciones que después, en la cena, se multiplican. En ese ida y vuelta entre la escuela, la casa y el barrio es donde, según los autores del documento, se va tejiendo la relación que cada chico termina teniendo con la comida para el resto de su vida.

Hablar con nombre y apellido en el barrio

A esta altura, me parece justo bajar el análisis a alguien que lo vive en primera persona. En Moreno, Marisa Ledesma -mamá de tres pibes de entre seis y catorce- me lo resumió sin mucha: «Yo laburo todo el día, vuelvo reventada, pero a la noche me siento con ellos y charlamos de cómo les fue, qué comieron en el recreo, qué les gustó. A veces comemos lo mismo que el lunes pasado, pero el hecho de estar ahí juntos cambia todo. La nena del medio me probó la espinaca el otro día porque la vio al hermano comerla, no porque yo le insistiera». Le pregunto qué le parece que los médicos recomienden formalmente sentarse a la mesa y se ríe, cómplice: «Está buenísimo que lo digan, porque a veces una se siente culpable si no llega, y escuchar que con una cena alcanza ya es un alivio».

Me quedo con eso, con esa frase sencilla de Marisa, porque me parece que condensa mejor que cualquier cuadro técnico lo que vino a decir el consenso de PROFENI: que la obligación de la perfección no existe, que una comida compartida, aun siendo repetida o, ya está haciendo un trabajo enorme en la cabeza y en el cuerpo de los chicos. Acá arriba, donde el sol pega fuerte y las jornadas vienen largas, sentarse a la mesa con quien se pueda sigue siendo, también eso, un acto de cuidado.

«Con una cena juntos ya alcanza», cierra Marisa desde Moreno, y por una vez la frase no parece un consejo de revista sino una verdad de las que se comprueban mientras se come.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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