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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Una casa, un continente y un rescate en el hielo: la infancia antártica de Natalia López

A los doce años pasó una invernada entera en la Base Esperanza junto a sus padres y sus hermanos. Hoy, casi treinta años después, la periodista y locutora reconstruye esa experiencia en un libro donde conviven el juego, el susto del agua helada y el descubrimiento de la radio como vocación.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 7 d
Una casa, un continente y un rescate en el hielo: la infancia antártica de Natalia López

El sol pega de costado sobre la vereda de la redacción y yo, acá, sentado frente al teclado, todavía me estoy acomodando la bufanda porque el recuerdo de la Antártida entra por la ventana como si fuera un golpe de viento sur. Lo que sigue es la historia de Natalia López, una mujer que a los doce años se fue a vivir un año entero a la Base Esperanza, en el extremo más austral del continente blanco, junto a sus padres y sus hermanos, y que tres décadas más tarde decidió contar esa experiencia en su primer libro, Una casa en el fin del mundo.

Una base que era un pueblo chico

En 1996, cuando Natalia tenía doce, la familia completa pasó una invernada en la base argentina, donde no sólo vivían militares y científicos sino también chicos y chicas de la dotación. El casino de la base funcionaba como centro de reunión: tenía metegol, mesa de pool y equipos de música que los pibes encendían apenas terminaban las tareas escolares. En los ratos libres salían a caminar, siempre con una radio handy en la mano para no perder contacto con los adultos.

Desde el primer día, cuentan los que pasaron por ahí, les explicaban que el suelo no era una superficie firme como en Buenos Aires sino un mosaico de hielo y nieve que podía ceder en cualquier momento. A pesar de esas advertencias, un día, durante una salida con otros chicos, el hielo se rompió bajo los pies de Natalia y la chica terminó colgada del borde, con el cuerpo en el agua de deshielo y sólo los brazos sosteniéndose.

“Caí al agua y quedé agarrada con las manos y los brazos. Mi hermana se agaçó y me ayudó a salir.”Natalia López

Tres kilómetros de vuelta y un reto en casa

Lo que vino después fue una mezcla de operativos improvisados. Uno de los adolescentes que iba con ella corrió hasta la base a dar aviso, mientras el grupo restante caminó unos tres kilómetros para regresar por sus propios medios. Cuando los adultos salieron a buscarlos, los chicos ya estaban volviendo. La primera atención fue bien terrenal: una ducha caliente para que Natalia recuperara temperatura. Y el castigo, también bien terrenal: el reto de sus padres por haberse apartado de las indicaciones.

La convivencia, dice Natalia, le dejó una mirada particular sobre las necesidades cotidianas. En la Antártida se llevaba lo indispensable y cualquier objeto disponible cobraba otro valor. Cerca del final de la estadía, por ejemplo, un buque turístico alemán se acercó a la base y los chicos intercambiaron cucharitas de recuerdo por manzanas frescas, un trueque pequeño que sintetiza la lógica de aquel mundo: nada sobra, todo se negocia.

Una pregunta que queda flotando

A casi treinta años de aquella invernada, Natalia dice que la experiencia sigue ordenándole la cabeza. Que la escasez, la compañía y el silencio del hielo le dejaron una forma de mirar la vida cotidiana que todavía hoy se nota en su manera de contar las cosas. La pregunta que la periodista deja picando en su libro y que cada lector se lleva puesta es bien simple y bien enorme al mismo tiempo: ¿qué aprendizaje de la infancia sigue, todavía, dando forma a lo que somos? Yo, Damián Chayle, te la dejo picando para que te la lleves a casa.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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