Cuando dos gigantes de Hollywood se animaron a un romance de pasillo y tranvía
A 42 años de su estreno, la película que reunió a Robert De Niro y Meryl Streep en un drama adulto, sin balas ni guerra, recupera vigencia y vuelve a estar disponible para quien quiera revisarla.
Lo confieso de entrada: hay cintas que uno descubre tarde, casi por accidente, y terminan ocupando un lugar que no les corresponde por tamaño sino por densidad. Falling in Love, conocida en nuestro mercado como Enamorarse, es una de esas. La vi por primera vez un domingo a la tarde, con el termo y el mate al lado, y me pasó algo que pocas veces me pasa con una película estadounidense de los años ochenta: no me sacó del sillón hasta que terminaron los créditos. Hoy, a 42 años de su estreno, vuelvo a ella porque la conversación que propone sigue tan vigente como el primer día, y porque su reestreno en plataformas la pone otra vez a mano de un público que en su momento ni se enteró.
El punto de partida es casi naïf: en una librería de Manhattan, en plena temporada navideña, Frank Raftis, un arquitecto encarnado por Robert De Niro, y Molly Gilmore, una dibujante a la que le pone el rostro Meryl Streep, intercambian por error los paquetes que llevan a sus familias. Lo que empieza como un malentendido menor se convierte, meses después, en un punto de encuentro cotidiano en los vagones del tren que ambos toman por rutina. La familiaridad crece, la atracción también, y ahí aparece el verdadero conflicto: los dos están casados, los dos tienen hijos, los dos quieren pensar que lo que sienten es algo que se puede mirar de costado sin pagar consecuencias.
Dos monstruos sacados de su zona de confort
Lo más interesante de la propuesta dirigida por Ulu Grosbard es ver a De Niro y a Streep lejos de los papeles que los habían hecho famosos. A esa altura, De Niro era el tipo de Taxi Driver y El francotirador, un actor asociado al filo y a la violencia contenida. Streep, en cambio, venía de Kramer contra Kramer y de La decisión de Sophie, dos personajes atravesados por dilemas morales enormes. Acá los dos se permiten algo distinto: la incomodidad de gente común que se enamora cuando no debería, y la película no los heroifica ni los condena, simplemente los acompaña mientras deciden qué hacer.
El guion, firmado por Michael Cristofer, se toma su tiempo y no apura nada. La ciudad de Nueva York funciona como un tercer personaje: la librería, los andenes, los cafés, los departamentos con vista al río, esos escenarios tan ordinarios que vuelven extraordinario lo que les pasa a Frank y Molly. Es, en el mejor sentido, una historia de rutina rota por un sentimiento que aparece fuera de lugar.
- Dos protagonistas casados, con hijos y con proyectos profesionales, que se enamoran sin buscarlo.
- Una ciudad, Nueva York, usada como escenario cotidiano y no como postal turística.
- Un elenco de apoyo de lujo: Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon, que arman la red de matrimonios y obligaciones alrededor de la pareja central.
- Un final que no resuelve con facilidad y que deja al espectador con la pregunta abierta sobre qué se hace con lo que uno siente cuando llega tarde.
La crítica de la época no la recibió con unanimidad. Roger Ebert, por ejemplo, le puso dos estrellas sobre cuatro y cuestionó el guion, aunque rescató momentos puntuales de la química entre De Niro y Streep. Algunos textos la emparentaron con Breve encuentro, el clásico inglés de 1945 que cuenta una historia parecida de amor adulto en un andén. En la taquilla tampoco fue un fenómeno: según los registros de Box Office Mojo, la película juntó algo más de once millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, con un debut cercano a los 2,3 millones. Cifras modestas para dos estrellas de ese calibre, pero que no le quitan mérito a una historia que, vista hoy, sigue diciendo cosas que a muchos nos cuesta poner en palabras.
