Cuando el miedo a volar se adelanta al embarque: la mirada de un neurólogo para ponerlo en perspectiva
Conrado Estol repasó cómo la anticipación del viaje, las turbulencias con cielo despejado y el consumo de alcohol alimentan la ansiedad, y compartió ejercicios sencillos para mirar el problema de otra manera.
Arranco la nota en una vereda cualquiera de Buenos Aires, con el sol pegando fuerte y la cabeza todavía puesta en el ruido de un avión que pasa alto, y pienso en cuántos de los que caminan a mi lado postergan un viaje o directamente lo evitan porque les tiembla el pulso apenas se imaginan sentados en la butaca del medio. El miedo a volar, me dijo el neurólogo Conrado Estol cuando lo consulté para esta nota, muchas veces ni siquiera espera a que uno cruce la puerta de embarque: empieza en el momento mismo en que se empieza a pensar en el viaje, y se alimenta de todo lo que rodea al aeropuerto, desde los controles hasta la carrera contra el reloj para llegar a tiempo con la valija a cuestas.
La anticipación como primer motor de la ansiedad
Para Estol hay una distinción clave: el cuerpo reacciona antes de que el avión se mueva. "La anticipación del embarque puede generar mucho malestar, y en algunos casos se suma la claustrofobia, que aparece apenas uno se imagina encerrado en una cabina", resumió el médico. La aclaración no es menor, porque suele pensarse que el problema empieza con el despegue, y lo cierto es que, para una parte importante de quienes lo sufren, empieza bastante antes, en la fila del check in, en el control de migraciones o en el viaje en remise hasta Ezeiza.
Ahora bien, conocer los números no alcanza. El neurólogo fue claro en ese punto: por más que uno sepa que la estadística de accidentes es bajísima, la respuesta emocional se dispara igual, porque volar es una experiencia ajena a la vida cotidiana en tierra. Esa distancia, me explicó, es la que hay que trabajar, y ahí entra el primer ejercicio práctico que propuso.
Mirar el cielo como quien mira una aplicación de vuelos
La propuesta es concreta y, según Estol, sirve para dimensionar el riesgo de otra manera. Se trata de abrir cualquiera de las aplicaciones de seguimiento aéreo, esas que muestran en un mapa los avioncitos moviéndose en tiempo real, y quedarse un rato mirando. La idea, me dijo, es tomar conciencia de cuántos vuelos hay circulando al mismo tiempo en el mundo y ubicar el viaje propio dentro de ese flujo cotidiano, casi como si fuera un colectivo de larga distancia con varios millones de unidades en simultáneo.
"Cuando uno ve la cantidad de aviones que están volando ahora mismo, el viaje propio deja de parecer una excepción y pasa a ser un trámite más dentro de un sistema enorme y rutinario", sostuvo Estol. Es un cambio de escala que, según su lectura, ayuda a poner la ansiedad en perspectiva.
Turbulencias con cielo despejado y el engaño de la duración
Otro de los puntos que más me llamó la atención de la charla fue la distinción que hizo entre las turbulencias de tormenta y las que aparecen con el cielo limpio. Estol explicó que las sacudidas que se sienten cuando desde la ventanilla no se ve ni una nube también existen, y que se producen por movimientos del aire en altura que nada tienen que ver con el mal tiempo. Esa aclaración importa mucho, porque muchos pasajeros dan por sentado que si afuera está despejado no deberían sentir nada, y cuando igualmente la nave se mueve, la sorpresa alimenta el miedo.
A eso se le suma, dijo, la expectativa sobre cuánto va a durar el sacudón. "Los episodios fuertes generalmente duran segundos o unos pocos minutos, pero quien los está viviendo suele imaginar que se van a extender durante horas", señaló el neurólogo. Como recurso para relativizar, sugirió prestar atención a los movimientos que se toleran sin chistar en un viaje en tren, y comparar cuánto duran y cuán intensos son. La idea es calibrar la propia tolerancia y llevarla al avión.
Tormentas, pilotos y lo que pasa en la cabina
Sobre las tormentas, Estol fue tranquilizador. Comentó que los pilotos cuentan con herramientas para identificar los fenómenos meteorológicos en ruta y modificar el recorrido para esquivarlos, y destacó que los protocolos de cabina están pensados justamente para reducir distracciones durante la operación. No es magia, aclara, pero sí un sistema con varias capas que trabaja para que el pasaje llegue sano y salvo incluso cuando el clima se pone difícil.
Por qué el alcohol no es una buena compañía
La recomendación que más insistió el médico fue la de no usar alcohol como ansiolítico de ocasión. Estol advirtió que tomar para "aguantar el vuelo" puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que terminan sumando malestar en lugar de aliviarlo. Su planteo general fue que el miedo a volar no termine condicionando los planes: que no haga que se descarten vacaciones, visitas a familiares o viajes de trabajo, que son, dijo, los costos reales que pagan quienes postergan todo por la ansiedad.
- Anticipar el viaje puede disparar la ansiedad antes del embarque, incluso con sumar la claustrofobia.
- Abrir una aplicación de seguimiento de vuelos ayuda a dimensionar la cantidad de aeronaves en el aire y a relativizar el riesgo.
- Las turbulencias también aparecen con cielo despejado y no siempre están vinculadas a tormentas.
- Los episodios fuertes suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la sensación los agrande.
- Los pilotos cuentan con herramientas para esquivar fenómenos meteorológicos y modificar la ruta.
- Evitar el alcohol: puede provocar insomnio y deshidratación y empeorar la experiencia.
Cierro esta nota como me gusta cerrarla, con una frase del entrevistado que me parece que resume todo lo que vino después. "El miedo a volar no tiene por qué ganarles la pulseada a las vacaciones ni a los proyectos", me dijo Estol antes de cortar. Y yo me quedo pensando que, si hasta un neurólogo reconoce que la respuesta emocional puede más que el dato estadístico, lo que queda es aplicar estos pequeños ejercicios hasta que el avión deje de ser la excepción y vuelva a ser, otra vez, un medio de transporte.
