El crédito como salvavidas y como trampa: lo que cuentan las familias de los barrios populares porteños
Un relevamiento de la UBA y el Movimiento Evita detectó que siete de cada diez hogares consultados acumula deudas para comer, pagar servicios y cubrir gastos de salud. Más de la mitad de los endeudados con tarjeta no está al día con los pagos.
Amanece húmedo en el conurbano y en los pasillos de los barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires el termómetro marca otra temperatura: la de la economía doméstica, que se cocina a fuego lento entre el almacén de la esquina, la sala de espera del hospital y la cola del colectivo. Allí, donde la plata no alcanza y el fin de mes se vuelve una carrera contra el calendario, pedir prestado para pagar la tarjeta dejó de ser una excepción y pasó a convertirse en una rutina. El 71,3 por ciento de quienes usan ese medio de pago reconoce haber recurrido a dinero ajeno para cancelar los saldos pendientes, según un relevamiento que vuelve a poner el foco en la fragilidad financiera que golpea a las familias con menores ingresos.
Un mapa del endeudamiento cotidiano
El trabajo, elaborado por el Observatorio de Economía Popular, Social y Solidaria de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires junto al Movimiento Evita, recorrió hogares donde la pregunta por el dinero se responde con números que duelen: siete de cada diez familias consultadas están endeudadas, y la mayoría lo está por partida doble. Les debo a ustedes y a ellos, sintetiza Marta, vecina del barrio 21-24, mientras acomoda facturas sobre la mesada de la cocina: la tarjeta para la comida del mes, el préstamo personal para destrabar la tarjeta, y otra vez el círculo que empieza. Esa lógica, lejos de ser un caso aislado, aparece una y otra vez en las respuestas que reunió el estudio.
Los números dibujan un cuadro preocupante. Entre las personas que acumulan deuda en la tarjeta, el 56 por ciento reconoce que no está al día con los vencimientos; en el grupo que tomó préstamos personales, la mora trepa hasta el 66 por ciento. Es decir: más de la mitad de los endeudados camina con los pagos atrasados, y un tercio de quienes pidieron un crédito personal ya entró en default. La cadena funciona como un reloj que nadie desactiva, y cada eslabón se sostiene con un parche nuevo.
Para qué se pide y cómo se mezcla
El fenómeno no se presenta como un casillero aislado sino como un ecosistema donde las herramientas de crédito se combinan. La mitad de las familias endeudadas sostiene al mismo tiempo compromisos con tarjetas y préstamos personales; otro 14 por ciento acumula deudas únicamente en la tarjeta, y un 34 por ciento registra exclusivamente préstamos. En el conjunto consultado, el 72 por ciento se financia mediante alguna de esas dos vías, o por una mezcla de ambas. Eso significa que casi tres de cada cuatro hogares consultados dependen del crédito formal o semiformal para atravesar el mes, y que la tarjeta dejó de ser un complemento para convertirse en una extensión del salario.
Del mostrador a la góndola, del surco al mostrador, lo que muestra este mapa es que la economía popular urbana ya no funciona con plata en la mano: funciona con cuotas, intereses y promesas de pago que se renuevan cada treinta días. El dato laboral completa el diagnóstico: en el 66 por ciento de las familias relevadas hay personas con empleos informales, sin recibo de sueldo ni red de protección, lo que vuelve más inestable cualquier plan de cancelación.
Lo que el Estado todavía no resolvió
Mientras las familias reinventan cada mes la manera de estirar el ingreso, las políticas públicas miran para otro lado. No existe, hasta ahora, un esquema masivo de refinanciación de deudas de tarjetas para hogares de bajos ingresos, ni un programa que articule los préstamos personales con los flujos reales de trabajo informal. Los subsidios al consumo y los refuerzos alimentarios llegan como parches, no como soluciones de fondo, y la educación financiera brilla por su ausencia en los barrios donde más se necesita. Hasta que el Estado decida intervenir con herramientas concretas, lo que queda es el circuito que describe este estudio: tarjetas que financian compras, préstamos que financian tarjetas, y familias que financian todo con la incertidumbre como único horizonte.
