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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El cuarto como set: cómo la cámara encendida dejó a los adolescentes sin margen para equivocarse

Adolescentes que viven pendientes de un like reorganizan paredes, camas y luces. Especialistas consultados describen qué se gana y qué se pierde cuando el espacio íntimo se vuelve una sala de exposición permanente.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 36 d
El cuarto como set: cómo la cámara encendida dejó a los adolescentes sin margen para equivocarse

Acá arriba, en el pueblo, todavía hay cuartos donde se entra y se huele a alguien que está creciendo: pósteres pegados con cinta, una remera olvidada sobre la silla, un diario íntimo disimulado entre los libros. Yo mismo, cuando era pibe, tenía la puerta cerrada como un pacto sagrado: lo que pasaba adentro era mío y punto. Pero ese paisaje que muchos recordamos ya casi no aparece en las fotos que los chicos suben a sus redes, y la diferencia no es solo estética: habla de cómo se están rearmando sus vidas adentro de cuatro paredes.

Del laboratorio personal al decorado

El sociólogo Erving Goffman distinguía hace décadas el “frente de escena”, esa imagen que sostenemos ante los demás, del espacio íntimo donde uno descansa del personaje, prueba modos de ser y se permite el error sin público. El cuarto del adolescente fue durante mucho tiempo ese segundo escenario. La escritora Sithara Ranasinghe lo describe como una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida.

Lo que antes era refugio caótico, hecho de pósteres, recuerdos y acumulación de objetos, hoy luce como un set: paredes en tonos neutros, camas impecables y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se corrió del plano físico al de la pantalla. La cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe: la sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica la conducta, inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización.

Lo que está en juego cuando el margen se achica

  • La intimidad pierde terreno frente a la aprobación de desconocidos que nunca van a pisar ese cuarto.
  • El desorden, que era parte del aprendizaje, se vive como un riesgo: cualquier huella puede volverse contenido.
  • La habitación deja de ser un laboratorio de exploración para convertirse en decorado permanente.
  • La mirada que ordena el espacio ya no es la de los padres, sino la de una audiencia invisible e internalizada.

Carla, mamá de tres adolescentes en San Isidro, lo resume mientras ordena la cocina: “Mi hijo más chico me cambió tres veces la disposición del cuarto el año pasado. Cada vez que lo filmaba, sacaba algo. Yo le decía que era su casa, no una sala de exposición, y él me contestaba que si en su pieza no se veía bien, no servía”. Esa respuesta, que a los adultos nos suena ajena, muestra el desplazamiento: ya no se decora para estar cómodo, sino para ser mirado.

“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve un set permanente.”Análisis de especialistas consultados

Cuando la habitación se transforma en escenario, lo que se gana en prolijidad se pierde en ensayo: probar modos de ser, equivocarse a puertas cerradas, guardar un secreto bajo el colchón. La adolescencia necesita ese margen, y la nota de estos cuartos despojados es que ese margen se está achicando, habitación por habitación, a fuerza de likes y de cámaras que ni siquiera hace falta encender. Como me dijo Carla mientras se iba al supermercado: “A veces extraño el cuarto desastre de mi hijo mayor, aunque me enojara. Al menos sabía que adentro estaba pasando algo suyo”.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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