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Sábado, 17 de octubre de 2026
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En el corazón del lago Lácar, una capilla de madera testigo mudo del trabajo forestal

A bordo de una lancha, sobre el espejo de agua que bordea San Martín de los Andes, la isla Santa Teresita guarda una historia construida por hacheros y carpinteros en 1933, cuando el bosque todavía se cortaba tabla por tabla.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 11 d
En el corazón del lago Lácar, una capilla de madera testigo mudo del trabajo forestal

Me acomodé en la lancha bien temprano, con esa luz filtrada que tienen las mañanas acá arriba, cuando el sol todavía pega bajo y el agua del Lácar se mueve apenas, como si estuviera todavía medio dormida. El guía señaló hacia el norte, hacia una mancha verde oscuro que se recortaba contra el resto del paisaje: la isla Santa Teresita, un pedazo de monte que sólo se deja ver de cerca si uno viene navegando.

Y acá viene el primer dato clave para cualquiera que quiera organizar la salida: a la isla no se llega por caminos ni por senderos peatonales. El único acceso es por agua, a través de excursiones lacustres que salen desde San Martín de los Andes y que están a cargo de embarcaciones habilitadas. No hay otra manera. Está ubicada en la margen norte del lago Lácar, al este de la península Quechuquina, y la separa de esa punta de tierra un canal angosto, de unos 112 metros, por el que corre el agua con una transparencia que sorprende.

Un bosque que se come casi toda la isla

Antes de bajarme, el guía me aclaró cómo viene siendo el terreno, y la verdad es que hay que ir preparado. Sus costas son rocosas y abruptas, sin playas de arena donde extender una toalla. La isla mide alrededor de 250 metros de ancho por 375 de largo, y cerca del 90 por ciento de su superficie está tapada por bosque nativo: coihues, cipreses, maquis y arrayanes, todo mezclado, con esa espesura que parece cuidada a propósito.

La capilla que nació de un aserradero

En ese escenario boscoso se levanta la capillita que le da nombre al lugar, y que para mí termina siendo el alma de toda la excursión. La levantaron en 1933 las familias que trabajaban en el aserradero de la estancia Quechuquina, que estaba en la península de enfrente. Me imagino la escena: hacheros y carpinteros, todos los días viendo pasar la isla por el agua, hasta que un día decidieron que necesitaban tener su propio templo ahí nomás, a la vista, para no tener que cruzar hasta el continente cada vez que querían una misa, un bautismo o un casamiento.

La madera la donaron los Raguzzi, que eran parte del mundo del aserradero, y la familia Van Dorsser se hizo cargo de terminar la obra. A esos dos nombres se les fueron sumando, de a uno y sin que nadie les pidiera, empleados del propio aserradero y hasta un carpintero municipal que dejó su banco de trabajo unos cuantos días para colaborar con el templo. La capillita quedó así atada para siempre al oficio del bosque: las mismas tablas que cortaban los hacheros durante la semana terminaron siendo las paredes del lugar donde rezaban los domingos.

  • El acceso es únicamente por agua, en lanchas o embarcaciones autorizadas desde San Martín de los Andes.
  • Las costas son rocosas y abruptas, sin playas de arena; conviene llevar calzado firme para caminar entre los árboles.
  • La isla está dentro del Parque Nacional Lanín, así que rigen las normas de cualquier área protegida.
  • La capilla forma parte del Camino de la Fe neuquino, un recorrido religioso que va desde Ailinco hasta Villa La Angostura.
“Uno se imagina a los hacheros cruzando ese canal con las herramientas en una mano y el mate en la otra, y siente que esa capillita les pertenece menos cosa que a cualquier libro de historia.”Carlos, vecino de San Martín de los Andes

Antes de volver a subir a la lancha me quedé un rato en silencio mirando la construcción, y la verdad es que lo que más me llevo de toda la salida es esa sensación de que acá arriba la historia no está en los museos, sino en estos rincones que todavía respiran monte, agua y trabajo. Uno se imagina a los hacheros cruzando ese canal angosto, con las herramientas en una mano y el mate en la otra, y entiende que cada tabla de esa capillita guarda un pedazo de la vida cotidiana de quienes poblaron este rincón del Lácar. Para cualquier persona que ande por San Martín de los Andes y quiera sumar naturaleza, navegación y un poco de memoria barrial, la isla Santa Teresita es de esos paseos que, una vez hechos, se vuelven parte del recorrido.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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