La chica de la aguja: la maternidad oscura que perturbó a Cannes y se metió en la carrera por el Oscar
El director Magnus von Horn reconstruye un caso criminal real de la Copenhague de posguerra en un blanco y negro áspero, con Trine Dyrholm como una mediadora de bebés que esconde más de lo que muestra. Una película para tomarse en serio, sin golpes bajos y con el corazón en su lugar.
Llegué al cine todavía con el ruido de la calle pegado en el abrigo y, cuando la pantalla se llenó de ese blanco y negro granuloso, me quedó claro que La chica de la aguja no venía a hacer amigos. Magnus von Horn, el mismo director de Sweat, mete la cámara en una Copenhague de posguerra que parece dibujada con carbón, y la deja ahí hasta que duele. La función se escuchaba respirar. A mi lado, una señora mayor se acomodó el pañuelo antes de que arrancara la proyección, como quien se prepara para una misa o para un duelo. Y vaya si la película justifica los dos.
La historia arranca con Karoline, una joven trabajadora embarazada que malvive en la Copenhague de los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Sin familia que la banque y sin un sueldo que alcance, la muchacha no ve salida. Hasta que aparece Dagmar, interpretada con una elegancia helada por Trine Dyrholm, ofreciéndose como una especie de intermediaria: consigue familias para los bebés de madres que no pueden criarlos. La oferta suena a cielo abierto en medio del barro. Y acá empieza lo peor, porque ya sabemos cómo terminan estas confianzas en la pantalla y, sin embargo, von Horn nos deja igual de golpeados.
Un caso criminal real contado sin golpes bajos
El film se inspira en un caso criminal concreto que sacudió a Dinamarca en aquellos años. Von Horn lo cruza con el retrato social de una ciudad con las tripas vacías: racionamiento, tabernas que apestan a humedad, mujeres que cosen hasta que se les nublan los ojos. La fotografía de Michał Dymek trabaja en blanco y negro, pero no en un blanco y negro de postal: trabaja en uno de grasa, de hollín, de nieve sucia. Esa estética no es un capricho de festival. Es la materia del relato, lo que le va cerrando el aire a los personajes a medida que la trama se oscurece.
Trine Dyrholm, una de las actrices más queridas del cine nórdico, compone a Dagmar como una señora muy bien peinada, con sonrisa de caramelito y vocabulario de manual de buenas costumbres. Esa amabilidad impostada es la que hace temerle. Del otro lado, Karoline (Vic Carmen Sonne en otra actuación para no perderse) la mira como quien mira a alguien que le va a resolver la vida, mientras el espectador ya empieza a sospechar que el cuchillo está debajo del libro de oraciones.
Lo que la película pone en juego, tema por tema
- Maternidad forzada por la pobreza: lo que una madre hace cuando no le alcanza ni para leche, ni para abrigo, ni para un alquiler.
- Emancipación silenciosa: el mundo laboral femenino de posguerra, con sus costureras, sus cobradoras de tranvía y sus horas extras que no salvan a nadie.
- La clase alta como paisaje amenazante: las casas grandes, las sirvientas uniformes, la plata contante que decide por encima de la ley y de la moral.
- El suspenso clásico bien entendido: información que va cayendo de a poco, sin gritos ni persecuciones, con el mismo peso de una confesión en un confesionario.
- El trabajo con la actriz: Dyrholm compone a una mujer que vive de los gestos pequeños, de una ceja levantada, de una pausa antes de servir el té.
En la sala no se escuchaba ni un paquete de pochoclos. La película dura dos horas y cuatro minutos y se los come sin pedir permiso. Tiene un ritmo de mecha lenta, de esas que vos mirás el reloj y no entendés por qué falta tan poco. Cuando se cierra, el silencio se prolonga unos segundos, como pasa en los velorios o en los estrenos que valen la pena.
Por qué la recomendamos, sin vueltas
“No es una película que te grita el mensaje desde la marquesina. Te lo deja en la mano, como una moneda caliente, y después te deja hacer el trabajo de pensarlo sola.”Crítica compartida por el público en distintas funciones
La chica de la aguja compitió por la Palma de Oro en Cannes 2024, ganó el premio a la mejor actriz ex aequo para sus protagonistas y representó a Dinamarca en la carrera por el Oscar a la mejor película internacional, donde finalmente quedó entre las finalistas y se llevó la estatuilla. En Argentina se viene exhibiendo con buenas salas llenas y, según la distribuidora, la próxima parada confirmada en salas porteñas es el reestreno en el Centro Cultural San Martín, con funciones a confirmar para el mes próximo. Vale la pena anotarse: no es una película fácil, pero tampoco es una película cruel. Es, simplemente, honesta. Y eso, en estos tiempos, ya es muchísimo.
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