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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La mesa como aliada: qué alimentos pueden calmar la inflamación del cuerpo y de paso sumar energía

Investigaciones de Harvard, la Mayo Clinic y la Cleveland Clinic coinciden en que un patrón rico en frutas, verduras, legumbres, pescado y aceite de oliva es la vía mejor respaldada para moderar la inflamación crónica, un proceso silencioso que se vincula con la diabetes, la artritis y los problemas cardíacos.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 38 d
La mesa como aliada: qué alimentos pueden calmar la inflamación del cuerpo y de paso sumar energía

El sol de las siete de la tarde pega todavía fuerte sobre la vereda de siempre, y uno camina con la sensación de que el cuerpo no termina de arrancar como antes. Cansa, pero no es el cansancio del trabajo: es un agotamiento denso que se queda pegado a los huesos y que, aun durmiendo las horas de rigor, no cede. Es el tipo de malaise que empieza a sacar conversación en cualquier mesa y que tiene a más de uno preguntándose si la respuesta estará en el plato. Acá arriba, donde las temperaturas aprietan y la rutina se vuelve más lenta, el tema va y viene: hay quienes juran que cambiaron la dieta y mejoraron, y quienes siguen descreídos de que una ensalada pueda modificar lo que sienten.

Lo cierto es que la ciencia viene trabajando hace rato en una idea concreta: la inflamación crónica de bajo grado, ese estado en el que el sistema inmunitario queda encendido como una alarma que nadie apaga, aparece asociada con enfermedades serias como la diabetes, la artritis y los trastornos cardiovasculares. Y lo que distintos centros de referencia mundial —la Universidad de Harvard, la Mayo Clinic y la Cleveland Clinic, por nombrar los más citados— encontraron al revisar la evidencia es que ciertos patrones de alimentación pueden moderar ese encendido interno.

Un patrón, no un superalimento

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Antes de seguir, vale una aclaración importante: no existe un alimento mágico. Lo que acumula respaldo es una combinación estable de productos que, sumados, hacen la diferencia. Hablamos de verduras de hoja verde, frutas de colores intensos, legumbres, nueces, semillas, aceite de oliva, pescados grasos y granos enteros. La lógica que comparten estas instituciones tiene que ver con el tipo de nutrientes que aportan: antioxidantes, polifenoles (esos compuestos vegetales presentes en frutas, té, cacao y aceite de oliva extra virgen) y fibra dietaria, que cumple un papel clave porque nutre las bacterias intestinales beneficiosas. A eso se suman las grasas no saturadas de los frutos secos, las semillas y el pescado, que también forman parte de esa estructura.

“Cuando uno mira lo que aparece en la mesa de cualquier casa del norte, se da cuenta de que comer así no es nada raro: son lentejas, son nueces, es el pescado del río o del mar, es el tomate bien rojo del mercado. Lo que cambia es la proporción y la constancia.”Héctor Maidana, vecino de Cerrillos

Qué dice la evidencia más reciente

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Una revisión publicada en la revista Nutrients se tomó el trabajo de analizar 21 ensayos clínicos y llegó a una conclusión que matiza las expectativas: una dieta basada en granos enteros ricos en fibra, vegetales con alto contenido de polifenoles y alimentos con omega 3 podría mejorar los síntomas de cansancio asociados con enfermedad. Ahora bien, el mismo trabajo aclara que la evidencia todavía es limitada y desigual, y que los resultados se vuelven más consistentes cuando se analiza el patrón alimentario en conjunto, no un nutriente aislado en dosis altas.

Es decir, no alcanza con tomarse un suplemento de omega 3 y esperar que el cansancio se vaya. La promesa real está en cómo se arma el día a día: qué entra en el desayuno, en el almuerzo, en la cena, en la merienda. La Cleveland Clinic, en tanto, advierte que los cambios bruscos rara vez se sostienen y recomienda un plazo de entre tres y seis meses para incorporar nuevos hábitos de forma gradual. El primer paso, dicen, es identificar los ultraprocesados y los azúcares añadidos del consumo habitual y empezar por ahí.

  • Verduras de hoja verde y frutas de colores intensos como base diaria.
  • Legumbres, nueces, semillas y granos enteros para sumar fibra y polifenoles.
  • Pescados grasos y aceite de oliva como fuente principal de grasas no saturadas.
  • Reducir bebidas azucaradas, carnes procesadas, fritos y ultraprocesados.
  • Darse un plazo de tres a seis meses para que el cambio sea sostenible.

Del otro lado del esquema aparecen los carbohidratos refinados, las bebidas azucaradas, las carnes rojas y procesadas, los fritos y los ultraprocesados, todos asociados con mayor carga inflamatoria. Reducir azúcares añadidos, sodio y grasas saturadas integra la misma lógica. No se trata de prohibir nada de un día para el otro, sino de empezar a correr el eje: que lo que hoy es la excepción vaya quedando como eso, una excepción. El cuerpo, como dice la ciencia y como repite cualquier abuelo con sentido común, se acostumbra a lo que le damos seguido.

En el final de la charla, ya con la tarde cayendo, queda una sensación que vale la pena llevar a casa: la inflamación crónica no se combate con un jarabe ni con una moda pasajera, sino con decisiones chicas y repetidas. Verduras, frutas, legumbres, pescado, aceite de oliva, agua. La evidencia que viene de Harvard, la Mayo y la Cleveland no es una promesa, pero es la mejor brújula que tenemos a mano. Como me lo resumió hace unos días una vecina con la franqueza de siempre, mientras acomodaba los bollos en la mesada: uno no se cura comiendo, pero se enferma menos. Y a esta altura, con el cuerpo que nos toca, algo es algo.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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