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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La sombra larga de la soledad: un estudio británico encontró diferencias de hasta casi seis años en la vida saludable

Una investigación con más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido volvió a poner sobre la mesa la distancia entre estar aislados y sentirse solos, y mostró que los hábitos saludables no alcanzan para tapar del todo el agujero que deja la falta de vínculos significativos.

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 20 d
La sombra larga de la soledad: un estudio británico encontró diferencias de hasta casi seis años en la vida saludable

El sol cae a plomo sobre la vereda de cualquier barrio porteño a las tres de la tarde y uno se cruza con gente que camina con los auriculares puestos, la mirada clavada en el celular, sin cruzar una palabra con nadie en cuatro cuadras. No es una escena dramática ni mucho menos apocalíptica, pero alcanza para entender por qué un equipo de la Universidad de Tulane se tomó el trabajo de seguir durante años a más de 277 mil personas en el Reino Unido y medir qué pasaba con su salud según tuvieran o no vínculos sociales, y según se sintieran o no solas. Lo que encontraron es de esos hallazgos que invitan a pensar dos veces antes de mirar para otro lado: la soledad y el aislamiento social se asociaron con menos años de vida saludable, y la diferencia más grande llegó a los 5,8 años, nada menos, en la salud mental de los hombres.

Antes de seguir, vale una aclaración que el propio estudio repite y que a mí me parece clave, sobre todo porque en la conversación cotidiana uno tiende a mezclar todo en la misma bolsa. El aislamiento social es algo bastante objetivo: tener pocas relaciones, interactuar poco con los demás, moverse por la vida con una red chica o directamente sin red. La soledad, en cambio, es otra cosa: es el malestar que aparece cuando uno siente que le falta una conexión significativa, ese hueco que no se llena ni aunque tengamos el teléfono lleno de contactos. Por eso, como suelen explicar los equipos que trabajan el tema, una persona puede estar aislada y no sentirse sola si los pocos vínculos que tiene la contienen, y al revés: alguien rodeado de gente puede sentirse profundamente solo, como si estuviera de paso en su propia vida.

Lo que midió el trabajo y cómo lo midió

La investigación, que se presentó en un comunicado de la Universidad de Tulane fechado el 22 de septiembre de 2026, siguió a participantes del Biobanco del Reino Unido de entre 40 y 69 años que, al momento de ingresar al estudio, no presentaban ninguna de las siete condiciones que se iban a rastrear: diabetes, enfermedades cardíacas, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. El equipo tomó los 50 años como referencia para estimar cuántos de esos años podían esperar vivir sin esas enfermedades, y fue ahí donde aparecieron las brechas más llamativas, sobre todo cuando se separaron los datos por género y por tipo de problema de salud.

  • En salud física, las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social perdieron en promedio 2,4 años de vida saludable respecto de quienes no estaban en esa situación.
  • En los hombres, esa misma brecha fue de 1,7 años.
  • En salud mental, la diferencia fue de 3,7 años para las mujeres.
  • Y para los hombres llegó a los 5,8 años, la cifra más alta de todo el trabajo.

Esos números, aclaremos, no significan que alguien vaya a morir cinco años antes por sentirse solo. Lo que miden es otra cosa, más precisa y también más incómoda: años libres de las enfermedades que se siguieron durante el estudio. Son años en los que la persona puede levantarse, trabajar, disfrutar de sus nietos, pensar en proyectos, sin cargar con un diagnóstico que le cambie la rutina. Cuando la brecha se mide así, el impacto deja de ser abstracto y pasa a ser algo bastante concreto.

Acá aparece uno de los puntos que más me hizo pensar del trabajo, y que de algún modo le habla a cualquiera que alguna vez haya intentado arreglar un malestar anímico con más gimnasia y mejor dieta. Los investigadores vieron que los hábitos saludables —alimentarse bien, hacer actividad física, dormir de forma regular, no fumar— atenuaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social. O sea, sirvieron para amortiguar el golpe. Pero, atención, ese efecto protector no se repitió del mismo modo frente a la soledad. Para sentirse verdaderamente acompañado, parece, no alcanza con una ensalada y una caminata.

El investigador principal, Lu Qi, lo resumió en el comunicado institucional con una idea que me parece importante repetir tal cual: los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y obligan a mirar las dos cosas al mismo tiempo. No es casual que la brecha más grande se haya dado en la salud mental de los hombres, un grupo que históricamente construye su identidad alrededor de la autonomía y al que, por distintos motivos culturales, le cuesta más pedir ayuda o admitir que se siente solo. Cuando uno mira los números sin preconceptos, lo que ve es que ese mandato de bancarse todo solo tiene un costo concreto, medible en años de bienestar.

Ahora bien, ¿qué lugar tienen entonces los vínculos y la sensación de sentirse acompañado en la vida cotidiana? Acá arriba, en el norte argentino, uno escucha seguido la frase "mientras tengamos salud" como si fuera un cierra ojos contra la preocupación. Y está bien, la salud es central. Pero este estudio británico, con sus 277 mil participantes y sus cifras frías como un bisturí, viene a recordarnos algo que las abuelas ya intuían: que estar sano no es solo no tener una enfermedad, sino también tener a alguien a quien contarle cómo nos fue en el día. La diferencia, insisto, no es un detalle menor.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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