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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando la palabra se hace rogar: por qué se pierde el nombre justo en el momento menos pensado y qué hacer para recuperarlo

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica cómo funcionan los atajos mentales para retomar una idea, por qué el fenómeno es más habitual con los años y cuándo conviene consultar a un especialista

Por Damián ChayleSociedad y vida cotidiana · · hace 20 d
Cuando la palabra se hace rogar: por qué se pierde el nombre justo en el momento menos pensado y qué hacer para recuperarlo

Allá arriba, donde el sol pega fuerte y la gente se sienta en la vereda a tomar mate antes de que refresque, hay algo que se repite en cada conversación: alguien empieza a contar algo, tiene la idea clarísima en la cabeza y, de repente, la palabra exacta se le escurre entre los dedos. Se queda con la frase a medio terminar, mueve las manos como buscando el término en el aire y, al final, suelta un “da igual ya me voy a acordar” que deja picando la situación. Le pasa al jubilado que quiere nombrar la herramienta con la que arregló el tanque, le pasa a la maestra cuando quiere decir “aquella cosa que se pone arriba de la mesa” en vez de “mantel”, y le pasa a cualquier persona distraída, cansada o apurada por llegar a otro lado.

Yo conozco bien esa sensación. Hace unas semanas, en una charla con los vecinos de la plaza del barrio, Margarita, que vive en Purmamarca desde siempre, se quedó callada un momento, se tocó la frente y dijo: “Lo tengo acá, lo tengo, pero no me sale”. Quería decir “reloj”. Y después, cuando ya nadie lo buscaba, le volvió la palabra como si nada. Es lo que los especialistas llaman fenómeno de la punta de la lengua: el significado está, el sonido no llega. No es un olvido real, es un tropiezo momentáneo en el camino.

Por qué la palabra se hace rogar

Para entenderlo mejor consulté a Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, y lo primero que me aclaró fue algo tranquilizador: acceder a una palabra no es un solo paso, son dos. “Primero se activa el significado, eso que uno quiere decir, y después se recuperan los sonidos que permiten pronunciarlo”, explicó. En la punta de la lengua, el segundo paso se demora o se interrumpe un instante, y por eso la persona siente que tiene todo en la cabeza pero la palabra no le termina de salir.

Ese tropiezo puede ocurrir a cualquier edad, sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión. Con los años, la especialista reconoce que se vuelve más frecuente, aunque aclaró que eso no significa que la palabra se haya perdido para siempre: a veces reaparece minutos después, cuando uno deja de buscarla con tanta insistencia y el cerebro termina el trabajo que había dejado pendiente. Lo que el envejecimiento sí modifica es el tiempo que lleva recuperar ciertos términos, mientras que la comprensión cotidiana del lenguaje suele mantenerse en pie.

Atajos prácticos para destrabar la conversación

  • Buscar un sinónimo o una palabra parecida que cumpla la misma función en la frase.
  • Describir aquello que se quiere nombrar, contando para qué sirve, qué color tiene o dónde se usa.
  • Pensar en la letra con la que empieza el término, una pista clásica que muchas veces destraba el sonido que falta.
  • Conversar seguido sobre temas que interesen y contar esa información con palabras propias, en vez de repetir formulas hechas, porque así se ejercita la fluidez verbal.
  • Bajar el volumen de las distracciones, sobre todo del celular, para sostener el hilo de la conversación y no perder la idea a mitad de camino.

Sánchez Salinas insistió en que estos recursos funcionan como distintas puertas de entrada a la misma palabra. Si una no abre, otra puede abrir. Y agregó algo que a mí, como a varios de los que charlamos en la plaza, nos pareció clave: conversar sobre lo que a uno le interesa y contarlo con palabras propias no es un simple pasatiempo, es un entrenamiento para que el cerebro recupere conocimientos, ordene ideas y se mantenga atento al intercambio con el otro.

La diferencia entre una pausa normal y una señal de alerta

Acá viene el punto importante que la especialista dejó en claro y que yo creo que vale la pena repetir en grande: hay una diferencia enorme entre un episodio aislado, de esos que le pasan a cualquiera, y una dificultad que se repite y empieza a complicar la comunicación. No es lo mismo que la palabra tarde en llegar una vez al mes a que pase varias veces por día y la persona tenga que renunciar a la frase porque ya no le sale.

Sánchez Salinas recomienda consultar cuando encontrar palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de uso cotidiano, cuando cuesta seguir una conversación o cuando se notan cambios en el habla que la propia persona o quienes la rodean perciben. La evaluación clínica y neuropsicológica, señaló, sirve para entender qué está pasando, orientar el diagnóstico y buscar el tratamiento adecuado, si es que hace falta. El criterio que se usa es observar si esas dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba esa persona antes y si empiezan a interferir en la vida cotidiana, en el trabajo, en la familia o en la charla con los amigos.

Después de la charla volví a la plaza con la cabeza llena de cosas para pensar, y me encontré otra vez con Margarita, que esta vez sí pudo decir el nombre de la herramienta sin trabucarse. Me miró y me dijo, mientras acomodaba el mate sobre la mesa: “Mientras uno pueda reírse de eso, quiere decir que todavía estamos bien”.

DC
Damián ChayleSociedad y vida cotidiana

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